lunes, 5 de octubre de 2015
Mon amour
Fiesta en Casa Olascoaga.
Virginia odiaba pagar, creció convencida con la idea de que la mujer debe entrar a cualquier fiesta o boliche gratis, por solo el hecho de ser una de las razones a las cuales los hombres asisten a ellas, sin embargo ese día cedió, pagó treinta y cinco pesos (equivalentes a su marca de cigarrillos preferidos) y entro a un hostel de la sexta sección.
Había tomado lo suficiente de Fernet, pero no se sentía ebria, atontada o feliz, más bien neutra, tranquila. Como es de esperarse, el ambiente estaba lleno de humo, luces y gente bailando ensimismas en sus pequeños mundos de alcohol y drogas. Diferentes nacionalidades y culturas se mezclaban, y ahí, en ese minúsculo primer piso podías viajar de continente en continente, sin la necesidad de moverte de lugar.
Había un patio trasero, Virgi estaba con sus amigos, Martin y María; él le dice que coqueteara con un Español que tenía marihuana (no le pareció lindo pero lo hizo), no consiguió dicho fin pero por lo menos se llevo un cuarto de vino toro gratis. Seco y amargo, tinto. Observó a su izquierda y vio un chico alto, rubio como el principito, acercándose a ellos. Algo le llamo la atención, tal vez su belleza claramente extranjera, o el simple hecho de que cuando hablaron no podían evitar la conexión cósmica que se generó.
La temática de la fiesta era el "Semáforo". Verde significaba que estabas totalmente disponible, amarillo era un "tal vez puede pasar algo", y rojo simbolizaba que te encontrabas en una relación. Ese día llevaba un pañuelo bordo (las gamas de los colores se incluían en los significados), tal vez por eso no se le acercaban hombres (algunos realmente respetaban el código de la ropa), pero aquel chico rubio también estaba vestido de la misma tonalidad, entonces eso le transmitió una cierta calma. En su fuero interno pensaba << es lindo, pero seguro esta de novio, mejor, no quiero estar con nadie, no quiero besarlo, quiero que seamos amigos, pero es lindo, que lastima que esta de rojo>>.
Charlaron sobre música, rock internacional y grandes exponentes de los años setenta. Era Francés, eso le genero un cierto intereses (al principio se veia más como un Suizo). Virginia parecía estar condenada a enamorarse de personas que no vivieran en la misma provincia o país. Nunca lograba entablar una relación con alguien de su misma ciudad, hasta que se enteraba que no eran de la misma nacionalidad o provincia, y de ahí todo cambiaba. Maldita por el alma de una golondrina.
El Francés, de nombre Swan, le contó sobre su vida en el campo, oriundo de una ciudad al Norte, vecina de Italia. Era inevitable y ridículo que cada vez que se veían se tuvieran que detener a charlar entre la multitud. En Virginia había una cierta curiosidad con respecto al famoso "beso francés", pero al mismo tiempo se veía limitada a que ambos vestían de color rojo. En su caso no significaba nada, pero en Swan sí, él había estado en una relación por aproximadamente cinco años, y hace unos pocos meses había finiquitado aquello. Aún así fue extraño, hablaban y hablaban hasta que tocaron "el amor", y tuvieron que sentarse, como si se tratase del asunto más importante del mundo (el cual lo es). Lo hermoso de los Franceses es que en realidad hablaban de amor, y no del amor que creemos conocer, sino que realmente se trataba de ese amor que ella creía conocer o en su caso, anhelaba. Ese amor utópico, inalcanzable.
- Tengo que decirte algo, y es que me gustas mucho - le confiesa él con sus extraños ojos verdes.
- Dame un beso y vemos que pasa - le responde de la manera más Argentina posible.
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