domingo, 26 de abril de 2015

Flasheate está



   No esta bueno mezclar birra y faso (obviamente en exceso). No esta bueno tirarse al pasto a flashear después de que tu cabeza cedió ante los efectos psicoactivos de la droga y el alcohol, pero por sobre todo, no esta bueno emborracharse con el fin de olvidar eso que no se borra de la memoria. No esta bueno tomar cuando la consciencia esta sucia de culpabilidad. No esta bueno ser un ser ajeno a las emociones propias, como si en realidad existiera la mera posibilidad de separarnos en cuerpo y alma, de nuestra débil y translucida piel.
   Hay una locura tangible que separa los lapsos de estabilidad en tiempo y forma, del espacio en el que vivimos, de nuestro universo personal. Una destrucción constante e interna de lo que el paradigma de realidad es para nosotros. Los ojos bailan con la inmensidad, y tal vez morir se siente así, a esa sensación de desesperación por no poder controlar nuestro cuerpo físicamente, porque somos humanos frágiles consumidos por la desdicha de la azul tristeza que a veces nos corrompe, sin saber por que o como.
   Y se preguntaran, ¿cuál es la manera rápida y efectiva de dejar de sufrir?. Vomitar. Expulsar exageradamente las ideas que giraban en tu cabeza, cual lavarropas automático. Dejar fluir todo aquello que tu propio cuerpo indica que no te pertenece. Veneno, intoxicación inducida. Un poco menos humano, un poco más pecadores. Seres miserables regocijándose en su desdichada noche, y para ser sinceros, sintiéndose aliviados.
>> Tirada desnuda en la bañera, con el maquillaje corrido y la fría percepción de que la blanca habitación gira en torno a mí.

    - ¿Qué te pasa? ¿Estas bien? - me pregunta mi madre.
    - Sí, no pasa nada - Miento como de costumbre y vuelvo a vomitar, por quinta vez.
 

miércoles, 22 de abril de 2015

Melancolía verdosa

 
 Viajar en micro conlleva a la tarea diaria de enfrentarse a un abanico de caras olvidadas. Es usual a veces cruzarte con gente que viste en reiteradas veces sin saber siquiera su nombre, su edad o su color preferido (esas cosas a mi me importan); sin embargo están esas personas que no entendes como y por que te causan algo, esa extraña sensación de familiaridad que no se te despega de la cabeza. 
"¿Esos ojos yo los vi en algún lado?" esa frase más de afirmación que de pregunta, rebotaba en mi cabeza una y otra vez. Aquellas desconocidas esmeraldas llevaban de por si una permeable melancolía, como si de alguna manera te escarbaran el alma sin querer. Podría afirmar que su mirada circundaba entre la dulzura del sol de otoño, y el agresivo frío del invierno, las dos caras de una moneda que uno no percibe a simple vista, sin embargo yo si, yo pude ver todo eso y más. 

martes, 14 de abril de 2015

R I D E



   De repente estaba usando su camisa preferida la cual me llegaba casi hasta las rodillas. No sé en que momento llegue a esas instancias, no comprendo cual fue aquella transición que desestructuro por completo mis esquemas. Solo sé que ahí estábamos, los dos solos, en otra ciudad, desayunando como si no fuera nuestra primera vez.
>> El sol de principios de otoño brilla en color sepia,  esté se esparce por la silenciosa cocina blanca, mientras que los rayos se mezclaban con sus aplastados rulos rubios, y a pesar de que eran las diez de la mañana, parecía que había salido de una sesión de fotos. Era tan perfecto el momento, que me asustaba. El olor a tostadas, café y cigarrillo se habían convertido en mi selección de aromas preferidos.
   Lo observaba en silencio (no me gusta hablar por las mañanas), resultaba gracioso como sus doradas cejas se fruncían al tratar de sostener el pucho con la boca, a medida de que se hacía una tostada de manteca y mermelada, e intentaba que la ceniza del consumido cigarro no cayera a la taza inmaculada.

     - ¿De qué te reís? - Me pregunta desplegando sus perlados dientes amarillentos, a causa del tabaco.

    Me tomó por sorpresa, estaba tan ensimismada en mis propios pensamientos, que olvidé por completo la presencia de mi cuerpo en la tierra. Me estaba riendo instintivamente, de manera tan natural, que no percate que la felicidad me había consumido las neuronas. Tal vez no recuerdo la última vez que me encontré tan feliz, tal vez nunca lo sentí así, es decir, lo que creí en su momento que se acercaba minimamente a los estándares del amor, eran para mí un mito, una utopía, sin embargo, ahí estaba, mirándolo y riéndome sin saber porque.

     - No lo sé - Confesé y nos echamos a reir.

  ¿Entonces así es el amor?, tan ciclotimico y sublime que no llega a acercarse a una definición exacta, creada tan solo por unos simples mortales. ¿Eso era? Esas ganas de querer estar abrazado, durmiendo, riendo, peleando y reconciliándote, comiendo, besándote, preguntándose a donde esta la persona, en que piensa, que hace, que no hace... ¿ese cliché tan misterioso?A decir verdad realmente, eso es, y pido perdón a todas esas parejas que prejuzgue por estigmatizar con que estaban enfermos, con que no comprendía como podían llegar a ser tan pesados y melosos. Pido perdón, hoy soy peor, hoy somos peores.

>> El atardecer baña de colores cálidos, la pequeña ciudad de San Luis. Estamos tirados en el pasto fumando un porro. Me observa con sus ojos de almendra, y susurra algo parecido a un "te amo". En mi mente una barrera que estuve sosteniendo por años, se rompe. No podía ser cierto, no podía estar ocurriendo. Aquel chico/hombre que veía en los pasillos de la facultad, era mío. ¿Cómo había llegado a ser posible? ¿cómo sus colores azules fundieron el gris matutino de mis días?, es decir, irrumpió una constante tormenta en mi ser, y lleno mi cielo de sol, de mañanas despejadas, de aves cantando a los costados de mis orejas. Nunca iba a ser suficiente el agradecerle que me trajera a la vida.

        - Yo te amo a vos - respondí despacito, porque tenía miedo de que el tiempo me arrebatara ese pedazo de eternidad.
     
     Me acuna en sus brazos de mármol, y desde ahí creamos un universo aparte, una galaxia paralela de todo lo que conocíamos. Nuestros corazones laten en sintonia. Lo siento vibrar bajo las escamas de mi piel, y me desmorona los sentidos su electrificante contacto. Sin querer (queriendo) nos encontramos, y no había vuelta atrás. Este viaje era únicamente de ida, y los asientos nos habían tocado juntos.

lunes, 13 de abril de 2015

Anita



   Hay episodios en mi vida que prácticamente se encuentran en blanco. En el lapso de los 14-16 años, una niebla coexiste con mis recuerdos, sin embargo, hay algo de lo que nunca quise hablar o asumir. Algo que hasta hace poco había enterrado en mí. Una evasión psicológica a un aspecto traumatico de mi vida. Crecer con las consecutivas frases de: "Que alta, deberías ser modelo" "Que linda" "Cuanta presencia", entre otras, me hicieron comerme el cuento de que en verdad podría ser una modelo, una de pasarela, sofisticada y esbelta. Deseada por los hombres y envidiada por las mujeres.
Era tanto mi deseo, que aprovechando las cualidades para escribir que siempre desarrolle a lo largo de mis años, participé de un concurso en una muy reconocida revista Teen, y para mi sorpresa, gané. Un book de fotos con tres cambios de ropa (los cuales ellos no incluían), con una reconocida fotógrafa en Palermo Soho (que hasta hoy en día es mi lugar preferido en Buenos aires). Tenía 14 años, nadie me advirtió que podía enamorarme del frívolo lente que reflejaba mi inocua belleza en ese entonces.
     Me había encantado la idea de vivir a través de mi aspecto físico, me había encandilado como una luciérnaga frente a un foco (ese que tarde o temprano se quema y te mata). Volví de Buenos Aires con la meta fija de convertirme en una reconocida modelo joven, y tan obstinada soy (bendición y maldición) que conseguí que una reconocida empresa me abriera las puertas para probar suerte en un casting.
Llegue con apenas mis catorce primaveras, y salí avergonzada de allí. Era la más chica, no tenia tacos aguja sino que había ido con unas plataformas de madera y cuero que hoy en día detesto, y además de eso, todas se reían de mi manera de caminar.

  - Que carita tenes - Me dijo la mujer que luego se convertiría en mi mentora.

A pesar de aquel fallido casting, quedé. Todos los martes a las 18:00 hs debía concurrir a un gimnasio. Con mi mejor ropa y todas las fuerzas posibles para tratar de no quebrarme emocionalmente ante las reiteradas críticas hacía mi cuerpo. Sí bien soy alta, siempre tuve caderas anchas y muslos grandes. Ese era mi "error", y digo error porque era lo que me faltaba para serles perfecta, para ser un material digno de gráfica y pasarela.
      Recuerdo estar "caminando", por que eso eran, clases de caminado, en donde te encerraban dos horas y tal vez en algún momento salias a alguna pasarela (eso nunca me paso a mi). Mirta (la cual no recuerdo si es su nombre), me tiraba del pelo mientras trataba de desfilar lo más preciso posible. Espalda recta. Mirada soberbia. Cara neutra. Brazos que bailan con delicadeza, y pisadas agraciadas, pretendiendo que flotabas, y entre todas esas pautas mentales, estaba el enano de un metro cincuenta que me agarraba del pelo para que yo no agachara la cabeza. En ese momento lo aceptaba, pero luego comprendí que era violencia, y ese no fue el único hecho que dejo en descubierto su manera de tratar a indefensas soñadoras de lo hermoso. Por que eso fuí, una soñadora de un mundo que desconocía pero que por dentro era tan tóxico como el veneno para ratas.
     A todo esto, un día una esquelética chica de 16 años pidió hablar con la jefa manda más. Le dijo que su doctor le había dicho que estaba demasiado flaca, que necesitaba aumentar de peso para estar saludable. La cara de la mujer se desfiguro.

      - Si vos engordas a mi no me vas a servir - Palabras textuales - Vos, vení (llama a un hombre) ¿te parece que ella esta flaca? ¿te parece que necesita engordar?

      Obviamente aquel modelo estaba sano, tenía su cuerpo torneado y esbelto, porque la belleza que las agencias de modelos buscan en los hombres, es un poco más accesible y realizable, a diferente del standar que nos imponen a las mujeres, hoy en día, en el siglo XXI, cuando la reconocida Anorexia es la principal enemiga de las adolescentes aspirantes a las pasarelas.
No esta demás decir que la belleza que ellos buscaban no estaba en mí, que yo siempre tuve el cuerpo diferente a las Argentinas (porque la mitad de mi familia es de Brasil), y que llegar a las expectativas que ellos pedían, era algo difícil para mí. Aún así exprimí todas mis ideas, hasta que que la más obvia y mortífera apareció en mi cabeza.
>> Iba al gimnasio 5 veces a la semana, dos horas. Además de eso salía a caminar una hora todos los días. Comía turrones (porque sabía que tenían menos calorías). Y tenía en cuenta que una oreo entera tiene 70 calorías, por lo tanto la partía, y saciaba mi hambre con eso. Hacía dieta, y antes de comer siempre tomaba un caldo, y si era posible y creíble, decía que tenía ganas de tomar sopa en la noche ,que me quería cuidar; y ahí estaba el error, nadie me cuidó a mí, nadie vio que me estaba enfermando, ni yo misma pude. Ni mis propios padres. Ni los diez kilos de diferencia que en ese entonces tenía. Ni mi propia baja autoestima y el constante mal humor en no poder comerme un pedacito de chocolate. Me estaba muriendo. Me estaban matando.

>> 13 de septiembre de 2011.

El día de mi primer casting importante para un gran desfile. Ese día las constelaciones me estaban enviando un mensaje. Era martes 13. Yo soy muy supersticiosa, así que de por sí estaba acompañada de la imaginaria mala suerte que creía tener. El micro me dejo muy lejos del gimnasio, llegue tarde, transpirada, nerviosa. Y lo ví. Estaba al final de la gran recta. Sentado con una sonrisa similar al gato de Alicia en el País de las Maravillas. Era mi turno, mi oportunidad. Estaba estrenando mis quince años, y sentía que tal vez como regalo, la vida me iba a dar eso que yo tanto anhelaba.
>> Desfilé para él, con mi mejor sonrisa. Llevaba un vestido al cuerpo, corto, de lentejuelas azules. Tenía en ese entonces el pelo negro y largo. Estaba pálida, porque esa es una de las características de las personas con principios de Anorexia. Y ahí estaba, desfilando para la parca. Mostrándole todo el sacrificio que había hecho para ese gran día.

          - Sos muy linda... pero esto - y tomó mi cadera entre sus manos.

        No hizo falta que terminara la oración, y si lo hizo yo no escuche o no recuerdo lo que siguió, porque todos los meses de sacrificio y hambruna, se habían desmoronado ante la crítica cruel de aquel vividor de almas y sueños.
        Tal vez la moraleja de esta historia era mostrarme que para los grandes sueños existen los grandes riesgos. Que a veces no todo lo que no se obtiene es una maldición, sino tal vez una bendición, quien sabe en donde estaría hoy si él me hubiese tomado para ese desfile. Quién sabe si seguiría viva para contarlo. Ni yo lo sé. Lo único que sé es que me salí de aquel mundo, y no quise volver más; aún así, recupere todos los kilos que perdí y comencé a disfrutar de la comida otra vez (también a raíz de la sacudida que una amiga me hizo). Volví a ser feliz, normal. Pero a veces...solo a veces, cuento las calorías al comer.
   

jueves, 9 de abril de 2015

Estereotipos


        Muchas veces me encontré sorprendida al notar que había naturalizado en mí un cierto prejuicio personal que antes no poseía; es decir, el mudarme a una ciudad tan conservadora me afecto en el modo de pensar. Recurrentemente una pregunta resonaba en mi cabeza: ¿qué dirán?
¿Qué dirán de la ropa que llevo puesta? ¿Es demasiado extravagante? ¿Me veo bien con estos pantalones que aún no están de moda? ¿Soy una ridícula por querer seguir usando cosas que me gustaron de la temporada pasada?... y todas las respuestas volvían al inicio: ¿qué dirán? ¿Será que esa duda nunca cesaba?
        A lo largo de los años fui desarrollando una manera propia de moverme entre la masa, sin sobresalir, sin molestar, sin embargo este esfuerzo constante en querer encajar en algo que no soy, me hacía convertirme en un ser que nunca desee. Plástico, reluciente pedazo de silicona amoldada a los deseos de la masa.
>>Si quiero salir con una manzana en la cabeza ¿por qué me privo? Por el que dirán de gente que no me conoce? De gente que me ve una o dos veces en su vida y por no cumplir con las normas sociales impuestas, ya soy una transgresora? La respuesta es sí. Porque el adolescente recurre únicamente a la aprobación ajena, y no personal. El querer encajar entre personas efímeras, no solo te convierte en un ser frívolo y vacío, sino también en una copia constante del estereotipo impuesto por las industrias, impuesto por las propias personas de la ciudad, por sus reglas silenciosas, por ese tipo de miradas que te lo dicen todo… y al mismo, nunca te gritan nada.
     Comprendí luego de una catarsis interna, que el “que dirán” ajeno, era poco y nada para mí. Que para sentirme libre de ellos, tenía que ser libre de mí misma primero, por eso, empecé a desligarme lentamente de las imposiciones sociales que había arraigado paulatinamente a lo largo de los años. Deslindarse en cuerpo y alma de comentarios que a la larga no nos llevan a ningún lugar. Vaciar el alma de estándares y de deseos, tratar de abandonar en cierto modo todo eso que adquirimos por miedo a ser diferentes. Comenzar a buscar el propio yo a través  de uno mismo, y no de los demás. Entender que para brillar, el único camino empieza con el pie izquierdo (porque desconocemos esa costumbre) y la aceptación del alma desnuda en todos sus placeres. 

Modo automático



    Sostengo firmemente que hay lapsos en la vida de uno donde vivimos en modo automático. La rutina nos consume a tal punto de llegar a obrar de manera indiferente. Soy de esa clase de personas que pisó siempre con el pie derecho a la hora de comenzar algo nuevo, al entrar a un ambiente diferente, al conocer la casa de una persona, incluso a la hora de levantarme, siempre buscando el lado seguro de mis pisadas; y ahí esta el error, nunca comencé con el pie izquierdo por miedo a lo nuevo, a lo desconocido, por temor a fallar y culparme en que ese no era el pie con el cual debia comenzar, sin embargo pisar del lado izquierdo de la vida significa avanzar, tomar riendas a lo desconocido, zambullirse, crecer.
    Soy de esas que a la hora de conocer a alguien, lo saludan del lado derecho, y si tengo que besarlo, que sea en la comisura que asegure el éxito de la relación, que asegure que se va a enamorar de mi pero yo no de él (porque tengo miedo a amar), que el tomar su mano sea exactamente la que creo conocer, aquella que no me genera desconfianza e inseguridad. "Me gustaría que me pagues una cerveza, gracias", siempre lo mismo, siempre tan igual a mí, siempre obteniendo los mismos resultados, siempre equivocándome y preguntándome, como si no me supiera de memoria la respuesta ¿por que nunca llega el amor de mi vida?. Tal vez es porque hace años que estoy en modo automático.

miércoles, 1 de abril de 2015

el baRba



    Lo ví, pero el no me vío. Del verbo "todavía no sabe que existo". Me gustaría imaginarme igual, que aquellos ojos llenos de sombras captaron por un momento mi persona. En el brazo izquierdo se despliega un hada psicodelica, mientras que en su pecho una frase remata sus claviculas; por otro lado, una rosa recorre su hombro, y yo, y yo muero por ese hombre azabache.

Diadema espacial



  Un pasillo teñido de pulcritud te lleva hasta el asiento indicado. Todos vamos para el mismo lugar. Encontras tu ubicación (justo al lado de la ventana), y te sentas, tranquilamente porque lo hiciste un millón de veces. La rutina de los aviones es siempre la misma, esperar a que todos estén en su lugar, luego las azafatas te repiten una y otra vez lo que debemos hacer a la hora de una gran tragedia, salvavidas, mascaras de oxigeno, etc etc; y cuando todo esta en su debido lugar un silencio recorre los recovecos de la gran habitación alargada. Sentarse con un extraño no incomoda tanto a diferencia de los micros.
   Sabes que va a ascender en el momento que un electrizante sonido irrumpe la calma, el motor del avión se acciona y esté comienza a avanzar cada vez más rápido. La columna vertebral se pega al asiento y un cosquilleo en el estomago recorre el interior de tu cuerpo. Y cerras los ojos por un momento, hasta que te encontras con un mar de nubes perlado, teñido bajo sedas rosas del sol, sintiéndote una golondrina, observando como la ciudad desde arriba esta compuesta de pequeños cuadrados, y estos mismos se difuminan a medida de que el avión toma altura.
   Un libro, un café, música y una ventanilla que evade la realidad. Quisiera decir que la felicidad no se compra, pero para mí esas pequeñas cosas requieren grandes cantidades de dinero. Aún así puedo concordar con el hecho de que hay personas en el mundo que tienen todo eso, diariamente, y no aprecian con suficiente gratitud la suerte de ser afortunado. Así que tal vez la felicidad, en una mínima expresión de números, sea sí, gratis y optativa. O eso me gustaría creer.

Lolla


     Me encontraba en una ciudad totalmente diferente a la mía (o más bien a la que adopte como mía). Las personas se encontraban despreocupadas, sin disfraces, naturalmente locas y llamativas, a veces hasta de ojos inquietos y expectantes. Uno en ese momento siente que es un pez de otro estanque, como dicen, como si de repente te hubieses equivocado de marea; sin embargo en el fondo, mi alma vibraba y me decia que no tuviera miedo. Yo siempre supe que ese era mi lugar.
     Se abre la multitud, luego de haber marcado el pase de entrada. Amarillo, lila, naranja, verde, colores y colores tiñen la infinidad del hipódromo. Pasto perfectamente alineado en toda su extensión.
>>Por alguna extraña razón el ingreso hace que te olvides de todo lo que venía maquinando tu cabeza antes de acceder a aquella realidad paralela; porque eso es lo que es, un colador de preocupaciones, una anestesia a la cabeza, un ibuprofeno músical.
     Las piernas en su momento son de hierro, el frio se disipa ante el pogueo, y la voz, la voz es infinita e indestructible, sale de los pulmones con la fuerza del aleteo de un halcón, y se escapa en un grito, fundiendo tus pies en el aire, bailando sin percibir el tiempo, siendo un poco más joven de lo normal, un poco más vos. De esa clase de vos que no dejas que la gente vea, o que por alguna razón vos mismo no te atreves a mirar.

Océano gris


 
    Tengo un café a mi izquierda, para disipar las penas negras. Un poco de leche para apaciguar los colores, algo de azúcar falsa para no engordar, o para darle más dulzura, tal vez las dos.

Vovo



  Una vez en verano, encontré un artefacto medio moderno donde se exhibían las frutas (a mi abuela siempre le gusto tener lo último en la cocina). Era una especie de torre, donde la atravesaba un cilindro, el cual sostenía cada piso de esa cosa sin nombre.
>> No había abundancia de frutas como solía ser el caso en la casa de los gran "E",  sin embargo una pequeña manzana roja, que alguien no se atrevió a comer para no dejar vacío aquel blanco mostrador, se encontraba solitaria, expuesta en un lugar incomodo para ella. Es decir, tal vez aquella manzana se merecía ser la reina del frívolo pedestal frutal, tal vez estaba ahí por alguna razón, para ser descubierta, para que le otorgaran de una vez por todas su lugar... y así fue: eso hice. Coloque su cuerpo sobre la punta de esté decorador, y la deje ahí, suspendida únicamente por su misma fuerza. Al igual que una estrella en un árbol de navidad.
>> Mi abuela observo el hecho y comenzó a reír. De esas risas que te miran a los ojos y repiquetean sobre las paredes del alma. La complicidad que hay entre nosotras es palpable, a tal punto de que llegue a sentir en reiteradas ocaciones aquellos dolores que ella padecía.

         - Cuando te reís seguís siendo una nena de cinco años. Nunca pierdas eso. Nunca pierdas la esencia. - Me dijo con su melodiosa voz.

       Y yo la amé, la amé como el principito a su rosa. La amé como el aviador al principito. La amé e hice de ese momento un recuerdo memorable, seleccionado en la parte de "cosas bellas para sonreír", en la sección cabeza parte 1.