miércoles, 14 de octubre de 2015

Militar



  Vi nacer al amor de mi vida ante mis ojos, pestañee para saber si era real, pero al abrirlos todo era nítido. Remeras violetas, amarillas, naranjas, celestes, bombos, cuerpos sudados, olor a cigarrillo, ruido, vino, canto y más canto, dedos alzados en V, extendidos en lo más alto que sus extremidades podían alcanzar, y amor, por sobre todo vi ante mí el amor hacía los demás que hacía tanto tiempo no sentía. Y no importaba que agrupación política fuera, ni el color de la camiseta, ni siquiera la discrepancia entre ideales, sino más bien importaba que todos tenían un fin en común, y era trascender como seres humanos. Dejar una huella en su instancia que tarde o temprano se acaba, sentirte parte de algo, porque eso mismo somos, polvo de estrella que vuela en un gran universo lleno de oportunidades, para hacernos crecer como compañeros. Ser inmortales en una canción, en cada gota que resbala de tu frente. Sentir que por fin tu voz tiene sonido, tus acciones peso, y tus corazonadas están encaminadas en una buena causa. Por fin, por fin existir para los demás te hace existir para vos mismo.

lunes, 5 de octubre de 2015

Juls



   Soy de esas personas que pueden mantener una conversación de manera paralela con el entorno, es decir, escucho, pero al mismo tiempo miro a los alrededores, la gente, sus expresiones, siento las vibraciones de las voces de quienes tratan de mantener una conversación, y nuevamente, presto atención a los ojos de la persona con la que estoy hablando, a su boca, a sus manos cuando gesticulan una acción; aprecio en pequeños detalles la belleza de los demás,pero de repente me pierdo, mis ojos se desvían al vació y lo veo atravesar el umbral de la entrada con una sonrisa. Mis pupilas se dilatan como platos ante la sorpresa, y mi corazón comienza a tener taquicardia. Era perfecto, y yo no podía asimilar el sentirme tan afortunada, y al mismo tiempo, tan desconcertada.

Mon amour



 Fiesta en Casa Olascoaga.

 Virginia odiaba pagar, creció convencida con la idea de que la mujer debe entrar a cualquier fiesta o boliche gratis, por solo el hecho de ser una de las razones a las cuales los hombres asisten a ellas, sin embargo ese día cedió, pagó treinta y cinco pesos (equivalentes a su marca de cigarrillos preferidos) y entro a un hostel de la sexta sección.
   Había tomado lo suficiente de Fernet, pero no se sentía ebria, atontada o feliz, más bien neutra, tranquila. Como es de esperarse, el ambiente estaba lleno de humo, luces y gente bailando ensimismas en sus pequeños mundos de alcohol y drogas. Diferentes nacionalidades y culturas se mezclaban, y ahí, en ese minúsculo primer piso podías viajar de continente en continente, sin la necesidad de moverte de lugar.
   Había un patio trasero, Virgi estaba con sus amigos, Martin y María; él le dice que coqueteara con un Español que tenía marihuana (no le pareció lindo pero lo hizo), no consiguió dicho fin pero por lo menos se llevo un cuarto de vino toro gratis. Seco y amargo, tinto. Observó a su izquierda y vio un chico alto, rubio como el principito, acercándose a ellos. Algo le llamo la atención, tal vez su belleza claramente extranjera, o el simple hecho de que cuando hablaron no podían evitar la conexión cósmica que se generó.
     La temática de la fiesta era el "Semáforo". Verde significaba que estabas totalmente disponible, amarillo era un "tal vez puede pasar algo", y rojo simbolizaba que te encontrabas en una relación. Ese día llevaba un pañuelo bordo (las gamas de los colores se incluían en los significados), tal vez por eso no se le acercaban hombres (algunos realmente respetaban el código de la ropa), pero aquel chico rubio también estaba vestido de la misma tonalidad, entonces eso le transmitió una cierta calma. En su fuero interno pensaba << es lindo, pero seguro esta de novio, mejor, no quiero estar con nadie, no quiero besarlo, quiero que seamos amigos, pero es lindo, que lastima que esta de rojo>>.
     Charlaron sobre música, rock internacional y grandes exponentes de los años setenta. Era Francés, eso le genero un cierto intereses (al principio se veia más como un Suizo). Virginia parecía estar condenada a enamorarse de personas que no vivieran en la misma provincia o país. Nunca lograba entablar una relación con alguien de su misma ciudad, hasta que se enteraba que no eran de la misma nacionalidad o provincia, y de ahí todo cambiaba. Maldita por el alma de una golondrina.
     El Francés, de nombre Swan, le contó sobre su vida en el campo, oriundo de una ciudad al Norte, vecina de Italia. Era inevitable y ridículo que cada vez que se veían se tuvieran que detener a charlar entre la multitud. En Virginia había una cierta curiosidad con respecto al famoso "beso francés", pero al mismo tiempo se veía limitada a que ambos vestían de color rojo. En su caso no significaba nada, pero en Swan sí, él había estado en una relación por aproximadamente cinco años, y hace unos pocos meses había finiquitado aquello. Aún así fue extraño, hablaban y hablaban hasta que tocaron "el amor", y tuvieron que sentarse, como si se tratase del asunto más importante del mundo (el cual lo es). Lo hermoso de los Franceses es que en realidad hablaban de amor, y no del amor que creemos conocer, sino que realmente se trataba de ese amor que ella creía conocer o en su caso, anhelaba. Ese amor utópico, inalcanzable.

       - Tengo que decirte algo, y es que me gustas mucho - le confiesa él con sus extraños ojos verdes.
       - Dame un beso y vemos que pasa - le responde de la manera más Argentina posible.

Primavera gris



  Me pedí a mi misma abandonar la mera ilusión de encontrar el amor en cada esquina. Me dedique a reírme de a ratos con la esperanza de sanar en mí los pequeños pedazos de mi alma, esparcidos estrategicamente en lugares que poco conozco, y no deseo conocer. Decidí profundizar en mí los recovecos sucios de mis pensamientos, conocer las partes oscuras que coexisten silenciosamente; el esperar que alguien venga a limpiar todo el hollín de mi ser, era practicamente el rol de Rapunzel, mirando al horizonte con el cabello fuera de la ventana, con la expectativa de que un gran principe venga a rescatarme de aquella cueva personal, esa que construí con los años, temerosa a querer, o mejor dicho, quererme.
   Me encontré a mi misma un día de primavera (el cual se asemejaba más a uno de invierno) esperando el micro. Prendí un pucho, el frío glacial acaricio mis mejillas, mi garganta ardio en calor, alce la vista y observe las nubes, la tenue luz gris que bañaba la calle Coronel, y la soledad, esa confidente invisible, me acompañaban. Y no necesite a nadie. Y no quise a nadie más a que a mi misma, y me ame. Sin querer.