lunes, 13 de febrero de 2017




    
Siempre fui de mudarme de provincia, nunca pertenecí en lo absoluto a un solo lugar. Recuerdo con claridad como llegaba un momento en donde le rogaba a mis padres cambiar de aire, de gente, de tierra, y tal vez como por arte de magia, ahí estaba, despidiéndome de gente que me amó, aferrada solo a las cajas que contenían lo que a veces se puede llamar hogar.Lo que sigue es inevitable, crecer, adaptarse, ser uno más del montón (aunque nunca era así). Vivir en un lugar que no conoces a veces se vuelve abrumador. Hay tantas cosas nuevas y bellas, que con el tiempo se tornan cotidianas y hacen que se pierda la magia.
Todas las calles llevan a un destino diferente, y se conectan; así siempre fueron mis relaciones con las personas. A lo largo del camino parecía que íbamos en la misma dirección, pero luego nuevas intersecciones se presentaban, y yo debía escoger otra ruta para explorar. Soy una corredora solitaria, con una fuerte adicción a la libertad, esa sensación de frescura veraniega en el rostro, con el corazón tan grande que en cada palpitación parece explotar. Siempre insatisfecha, buscando más allá del horizonte, con la excusa de viajar. Me dejé llevar por la cornisa de la oscuridad. 


  Una rosa descansa solitaria, yace sobre las aguas templadas de un vaso de vidrio, viste únicamente su color carmesí. Los pétalos de terciopelo se caen con el pasar de las horas, y queda así completamente desnuda, y a pesar de que la luz del sol baña su cuerpo, ella envejece y se destiñe. Se convierte en el claro abismo entre la vida y la muerte, para volver a ser lo que en un momento fue: un principio de algo.