Los primeros recuerdos de mi infancia se remontan al jardín colores. Recuerdo que me gustaba un compañerito que se llamaba Ramiro, en realidad me gustaban dos, y ambos se llamaban Ramiro, la única diferencia era que uno era rubio y el otro morocho. Jugaba a hacer tortas de barro y comer árboles de las hojas. Me gustaba imaginarme que era un Power Ranger, la rosa obviamente, pero una en fin, una luchadora, una heroína defensora del mal. Mi infancia fue hermosa, la recuerdo a veces con nostalgia... que rápido crecemos.
A los ocho me gustaba jugar al fútbol, me sentía parte de un equipo y eso era divertido. Me gustaba correr detrás de la pelota aunque nunca me la pasaran "por ser nena", porque las nenas jugamos mal. Eso dicen, o eso les enseñan a los pequeños. Un día llegue a casa entusiasmada y le conté a mi madre que jugaba con mis compañeros en el recreo, a lo que me respondió: "No me gusta que juegues al fútbol, eso es de hombres", y así, comencé a sentirme incomoda por ser "machona", eso era, una machito, una nena que le gustaba estar con los varones y reírse cuando se sacaban un moco.
Un tiempo después, exactamente 2007, Cristina Fernandez de Kirchner se postulaba a las elecciones presidenciales y legislativas. "Tenemos una presidente mujer" le comente a mi mejor amiga Marianela, sin comprender la magnitud de los hechos. Aquella noticia me alegraba, aunque no tenia conciencia política del momento; solo sabía que era un hecho importante, y me sentía parte de ello. Me sentía representada por una mujer, y me emocionaba hasta los huesos.
En las vacaciones de verano mi abuela cocinaba para su esposo. Me molestaba el hecho de ir y que a mi hermano lo hicieran sentarse, mientras yo ponía la mesa. Era mi deber, porque había nacido con ovarios, y los ovarios son para servirle al sexo masculino (o eso piensa mi abuelo). No culpo que ambos respeten el patrón patriarcal, más bien lo mamaron desde los primeros años de vida, y en estas instancias sería muy difícil cambiar toda una vida de conceptos.

Una vez caminaba con mi mamá por la calle y le gritaron algo, ella no dijo nada, pero me enseñó que no les tenía que contestar, que debía agachar la cabeza, hacerme la sorda, ignorarlos, dejarlos decirme cosas, siempre y cuando yo no reaccionara para que ellos no se enojaran. A los trece años mi papá me dejó ir a una matinne por primera vez, era un hecho histórico en mi corta vida, todos iban y yo quería saber que tal era el ambiente nocturno. A la hora de comer, mi padre desliza un gas pimienta por la mesa y me dice que lo lleve. Ahí aprendí a tenerle miedo a los varones de mi edad.
Los años fueron pasando y me desarrolle como mujer, a los catorce empece a viajar sola y alrededor de los quince ya tenía conocimiento sobre las lineas de micros que debía tomarme, sin embargo, si se hacía de noche, corría las tres cuadras hasta mi casa, por miedo a que alguien me viera indefensa y vulnerable. Así fue siempre. Me han gritado por mi vestimenta en reiteradas ocasiones, como si mi femineidad girara en torno a su existencia. Aún así me callé, y la vez que logre tomar valor y contestarle a un hombre en la plaza España, mi madre me retó y me dijo que nunca más les dijera algo. Como si hubiese nacido para estar callada.
Por las mañanas con mi familia, desayunábamos con el noticiero, y sentía unas descontroladas ganas de llorar sobre la tostada. Todos los días mataban a una. Todos los días sentía que me mataban a mí, que podría haber sido yo, o mi mejor amiga, mi mamá, o una conocida, todos los días me sentía violada, ultrajada, asfixiada, apuñalada, maltratada y denigrada. Le pedí encarecidamente a mi mamá que no pusiera más el noticiero a la mañana, porque me hacía mal. Luego de eso, comencé a desayunar sin prender ningún artefacto electrónico. Quería paz por las mañanas, pero naturalizaba el hecho de que a alguna de nosotras nos habían matado.
En ocasiones volvia llorando a mi casa, porque un desconocido me había mostrado la pija, o porque me habían gritado desde un auto. Lloraba por sentirme inferior, lloraba porque sabía que era una lucha muy dura y que a pesar de que pasara el tiempo, no podía cambiar la realidad de un día para el otro. Protestaba sola, me enojaba y me encerraba en mi interior maldiciendo porque debíamos convivir con tal desigualdad.
Las noticias me pasaban por encima, me mataban por pobre, por puta, por niña, por indefensa, por rica, por viajar sola, por caminar de noche por el centro, por ser demasiado provocativa o demasiado ingenua. Me ponían en bolsas de consorcio, me descuartizaban, quemaban, desfiguraban y me quitaban la vida frente a mis hijos. Los justificativos eran simples, los celos, la posesión y esas ganas incontenibles de manifestarle al mundo su virilidad. Te olvidaste que puedo ser tu vieja, tu novia, amiga, prima o quien quieras que sea. El mundo algún día te lo va a cobrar, espero que te pudras en la cárcel, a veces desearía que te maten como lo hicieron conmigo, pero sé que eso nunca va a devolverme a todas las hermanas que perdí, victimas del patriarcado.
¿Feminista? por supuesto, ni feminazi, ni bruja, mujer consciente, desde los principios, de que el genero femenino tiene igualdad de oportunidades y vos, y tu falo, nunca lo van a poder callar.