martes, 6 de junio de 2017

Linea H




    La boca del subte está tranquila. El monstruo se ve pacífico a pesar de que son las cuatro de la tarde. Un cartel led reza con letras coloradas: "Linea H suspendida por arrollamiento de persona". Bajo las escaleras, pago el boleto, me quedan dos con cincuenta. Mugre pegoteada en los azulejos de las paredes. Vacío. Silencio. Los televisores anuncian que alguien murió, esta vez un zocalo naranja dice: "Linea H suspendida por arrollamiento de persona". Nadie parece alarmarse. Cinco personas esperan, yo soy una.
     De lejos se escucha el ronroneo de la máquina acercándose, con aquella velocidad y pesadez tan característica. Nos subimos los pocos que somos. No dejo de pensar que alguien saltó a las vías. El impacto, el dolor, los huesos que se quiebran, los órganos que se desdoblan como plastilina con el acero caliente que genera la fricción de los cuerpos. El impacto. Seguramente murió al segundo. Me pregunto porque, ¿por qué justo las vías? ¿por qué el acto desesperado de lanzarse ante una muerte inminente?.
     A mi izquierda hay una chica que se mensajea con una amiga, le dice que se va a comprar un Eva Test, que está muy segura de estar embarazada. A mi derecha una mujer, delgada, con su hijo regordete y rozagante, sus mejillas tienen ese rubor brillante que solo poseen los bebes. Ella lo mira y le dice a su amiga: ¿podes creer que pesó más de cuatro kilos? ¡un chanchito!. Por otro lado, una mujer rubia llora, y me pregunto si es porque también leyó "Linea H suspendida por arrollamiento de persona".
      Todos alrededor están tan vivos que asusta.
      También están tan muertos que no me sorprende que alguien haya tomado coraje para saltar.

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