miércoles, 26 de noviembre de 2014
Infinito
Puedo recordar cada uno de sus besos, como sellos de goma caliente sobre mis labios, tatuados sobre la piel, invisibles y eternos. Metidos por debajo de la carne, llegando al corazón, escapándose de su laberinto, encontrando el alma. No es fácil acceder a ella, tiene tantas claves y barreras, pero aún así la llegada de estos intrusos fue indiscutible, bajó toda seguridad y dejo pasar a esos venenosos besos; que hoy en día conviven conmigo, quemándome por dentro.
Los años pasaron y las vivencias compartidas fueron aumentando. Solo nos veíamos cuando el sol quemaba, solo nos despedíamos cuando el cielo lloraba. Paseábamos en asientos de cuero, pero también llevados por los pies, con ojotas, con zapatillas, con alas.
Nos despedimos innumerables veces y aún así nunca llegamos al punto de decirnos adiós con total sinceridad, en el fondo conocíamos de un modo egoísta y esperanzado, ese deseo que nos impulsaba a querernos siempre un poco más y más, y a esperar años... sabiendo que al vernos los minutos nunca pasaban.
Es raro, pero hasta siento celos del destino y el tiempo, del paso de ellos, de saber que entran y salen mujeres de su vida, de conocer los detalles, porque nunca nos separamos en la totalidad de la distancia, porque sigo ahí queriendo saber de sus días y el sigue ahí queriendo saber de los míos; y me gusta, de verdad me gusta no perderlo con el pase de los años, pero lo que no me gusta es no poder desprenderme de la magia que nos hechizó.
Mientras yo me dedico a fantasear con nuestro encuentro, él me habla de lo poco que le interesa compartir años de su vida con una persona, y me río, porque ambos sabemos que en el fondo de esa pequeña realidad soñadora que acumulamos a lo largo nuestra amistad, el me ama, tan devotamente, como yo a él.
Muchas veces soñé verlo a la salida de alguna actividad mía, al costado de su corsel plateado, con una pose desprevenida, dejando caer su cuerpo sobre el capó, reluciendo como el mismo James Dean en su mejor época. Tal vez con ese aire que imagino, pero un poco más real; algo así como la misma realidad que proyecto constantemente, hecha película.
Una de las pocas certezas que sé, es que él no sabe absolutamente nada del amor. Conocerá el mundo y tendrá todo el dinero para manejarse con el, pero lo que a el le falta, a mi me sobra.
Quiero que este conmigo, tal vez un día; más bien quiero que estemos juntos por el resto de los días, pero entonces no termino de comprender que es lo que pasa conmigo; y me absorbe una frase que viene volando en mi fuero interno hace días... "el amor al final, si es una elección", y me pregunto porque todavía no se dio cuenta que tiene que elegirme a mí. Que yo soy esa opción, ese amor.
20
Si el la llevara a ver las peliculas que ella en realidad quiere, la relación iría mejor. Si ella dejara de ser tan celosa, la relación iría mejor. Si el dejara de ser tan ahorrador, la relación iría definitivamente mejor. Si ella saliera de su zona de confort, la relación iría mejor. Si el dejara de ser tan efusivo a la hora de confrontar problemas minimalistas, la relación iría mejor. Si ella fuera más positiva, la relación iría mucho mejor. Si el dejara de regalarle flores en su cumpleaños, y en vez de eso le diera ropa y carteras, la relación iría mejor. Si ella no se enojara con cada pequeñez, la relación iría mejor.
>>Pero en cambio si ellos fueran perfectos, la relación definitivamente no resultaría, porque no sabrían apreciar que por debajo de todas esas infinidades de escamas, hay algo más transcendental que los une, y no estamos hablando de cosas imposibles, solamente de amor y el constante placer y esfuerzo, de elegirse día a día.
Carta de un muerto a un difunto
La llave conoce su lugar perfectamente, sabe que con dos vueltas abre la cerradura; sabe que esa cerradura abre la puerta de tu casa, lo que en realidad no sabe es cuanto no deseas que esa llave sea la correcta, sino más bien, que falle, porque hoy no queres volver.
Los borceguís se ensucian con la propia mierda que hay en la zona, pero no te importa, estas acostumbrado al ambiente. Llevas el arma al costado de tu pecho, aferrada en dirección al horizonte, tal vez buscando algo a través del cielo gris.
El suelo esta perfectamente perimetrado, conoces cada recoveco de memoria, sabes las próximas jugadas, pero aún así siempre terminas desprevenido. Carmesí. El aire se te escapa de los pulmones, sentís arena en la garganta, y sabes que llego tu hora.
Sentís el frío en la sien, y es reconfortante de alguna manera. Esas voces que tanto te atormentan por fin se van a callar. La mano te tiembla, pero los dedos no, y sabes, sabes muy bien, que en realidad esa es la única manera de activar el gatillo.
>>Ya no podes llamarlo "hogar", porque eso solo ocurre cuando te sentís a gusto en tu propia casa.
Nadie entiende porque lo hiciste, porque no avisaste. Tus padres se desvelan por las noches tratando de comprender que hicieron mal, cuando fue el momento que gritaste en silencio y ellos no te escucharon, cuando fue que cediste ante la soledad y te dejaste consumir por tus miedos. Hay muchas preguntas, pero mamá y papá solo van a descansar el día de su muerte; porque los mataste cuando el plomo te pulverizo.
Quieren rezar por vos, pero no entienden que después del apagón todo termino. No es por pesimista, ni realista, es solo por pura experiencia; morí miles de veces y sé que seguido a esto no hay más que polvo y oscuridad. Igualmente de un muerto a otro muerto, si yo tuviera la valentía tuya... apretaría el gatillo.
miércoles, 5 de noviembre de 2014
Caballos de hierro
Nos alimentamos del sol, con los rostros tendidos ante su encanto. Sintiendo cada rayo sucumbir nuestra esencia.
Salimos en busca de aventuras, montadas en caballos de hierro, esquivando autos y siguiendo luces.
Hay cosas tan simples que me producen tanta felicidad.
Duele subir, duelen las rodillas y los brazos. El aire se vuelve denso y el viento escaso, pero seguimos, porque la vida es cuesta arriba.
- Bajemos.
Solo eso basta para girar en dirección contraria, y dejarse llevar por el propio pavimento de sueños.
Los pies vuelan y las carcajadas llenan el bosque nos rodean. Descendemos por un bosque verde, una especie de cueva flotante. Y soy feliz, somos felices, y nadie nos puede parar a la hora de pasear.
Anestesia
Escribir siempre fue unos de mis métodos preferidos a la hora de emplear catarsis; aunque a veces pareciera que las palabras no alcanzan para retratar sentimientos.
Hay muchas cosas que siempre quise comprender, pero a la hora de buscar el porque, desisto. Me doy cuenta que sólo escribí a lo largo de mis días sentimientos grises y oscuros, olvidándome de esos que tanta alegría me dieron.
Es complicado tratar de ver el lado positivo cuando a veces sentís que tocaste fondo, y nada en ese momento te puede salvar, impulsar hacia la superficie.
Evadir la realidad se vuelve un oficio, un arte. Es tan fácil callar a la cabeza, pero tan difícil censurar el corazón.
Estoy de nuevo yendo a un lugar del que estoy cansada de recurrir, pero en cierto modo se volvió un refugio, algo de lo cual tendré que abandonar previamente, porque estas cosas no duran para siempre. O al menos eso dicen.
Me gustaría sentirme menos así, menos esto, menos tanto. Anestesiarme, porque el arte nunca nace de la felicidad.
lunes, 3 de noviembre de 2014
Coleccionista de belleza
Rubí camina por Olavarria como siempre, esta yendo a sus clases de danza. Tiene puesta su remera favorita, va escuchando música, rock nacional. Esta pérdida en las estrofas, como de costumbre; su madre siempre le repite que sea más cautelosa, que miré atrás, que grite sí pasa algo, pero de nada sirve a la hora que ese "algo" sucede.
Una camioneta gris de para en la esquina, vidrios polarizados, baja la ventanilla. Una mujer rubia le chista, ella de casualidad la ve. Se saca los auriculares, y le dirige la mirada:
- Discúlpame, el estudio Suárez ¿sabes dónde queda?
- Sí, exactamente a tres cuadras.
- ¿Bailas ahí? - le pregunta la mujer y observa las puntas que lleva colgandoen su hombro.
- Sí.
- ¡Qué coincidencia! Voy a inscribir a mi hija, te acercamos, subite.
"Subite", cualquier niña hubiese dicho que no hacía falta, hubiese dudado, pero ella no lo hizo, porque confiaba demasiado en la amabilidad de los extraños. Quien iría a dudar de una mujer tan vistosa, simple, con facciones angelicales y voz de seda. Cualquier humano hubiese cedido ante sus encantos, y así mismo, Rubí de 13 años, se dejo llevar.
Abrió la puerta de la camioneta y subió, todo era normal, estaban escuchando música pop, y el hombre a su izquierda fumaba. Los olores, son cosas que no se olvidan en un recuerdo, cosas que quedan intactas en la memoria a la hora de analizar.
El móvil iba en dirección al estudio, el semáforo da luz roja, suficiente tiempo, suficiente preparación llevo este plan para ser realizado de manera tan pulcra y simple.
Dos hombres entran a la camioneta, por ambas puertas. Ella se asusta y grita, pero era tarde, la habían tomado de los brazos y la propia co piloto le tapa la boca con un pañuelo; eso es todo lo que ella recuerda.
>> La presión de las manos alrededor de sus finos brazos, la desesperación, la poca fuerza que tenía, el fuerte olor que penetró sus fosas nasales, y el desmayo. Por sobre todo, el desmayo.
>> Se despierta tendida en una cama de dos plazas. La sala es amplia y luminosa, pintada de rosa viejo. A la derecha un gran ventanal de cristal, enmarcado por finas cortinas perladas. A su izquierda, una solitaria mesa de luz; en esta hay una lámpara y una carta.
Ella se reincorpora con las pocas fuerzas que tenía, puede notar que lleva un vestido blanco, de encaje, hasta las rodillas, pero eso no es tan relevante como el contenido de la propia carta:
Querida Rubí:
Te estarás preguntando muchas cosas en este momento, pero nosotros no podemos darte las respuestas.
Malcom.
Un grito ahogado llena de vida la fría sala. Entiende que fue estúpida, entiende que debería haberle hecho caso a su madre, pero es tarde, tarde, tarde, tarde, y la idea de matarse se vuelve una delicia tras el transcurrir de las horas.
- Visita - Anuncia una voz aguda. Rubí puede distinguir que es la misma de la desgraciada que la engaño aquella tarde, pero carece de fuerzas necesarias como para quejarse.
Esta tendida en las sábanas inmaculadas, con los ojos secos de tanto llorar. Su mirada está vacía, perdida en la propia oscuridad que se iba apoderando de su libertad.
Acto seguido, entra un hombre a la habitación. Ella se reincorpora y toma rápidamente sus piernas, abrazando las rodillas, protegiendose de lo que sabía que iba a venir; pero no era así, esté sólo la observo, por 60 interminables minutos, con la sonrisa torcida y diabólica y los ojos enfocados en su pequeño y frágil cuerpo.
- Tiempo.
El hombre sale. No la toco, ni siquiera le habló, simplemente se sentó a mirarla, apreciándola como una obra de arte; aquellas pecas que rodean su nariz, el verde olivo de sus ojos, el blanco de su piel porcelanada, el cabello negro, y las piernas largas y delgadas. Todo encajaba a la perfección con el pedido exclusivo de Malcom.
- Falta para mi colección una niña que oscilé entre los 12 y 14 años. Necesito que tenga ojos verdes. Quiero el cabello negro, lacio. Tiene que ser talentosa, saben lo mucho que me gustan las jovencitas con sorpresas.
- Por supuesta señor ¿alguna petición más?
- Que sea virgen.
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