Camila camina a las diez de la noche por la Avenida San Martín, es un típico día de invierno, como de costumbre, alrededor de las ocho la tarde cede y se convierte en un velo azul marino que recubre la ciudad y sus placeres. Prende un cigarrillo y observa a una multitud sin rostro pasar a su lado, todos están excesivamente abrigados, es verdad, a estas alturas nadie puede soportar el frío nocturno y glacial, aún así solo lleva puesta su campera de cuero negra, y un pequeño pañuelo que abraza su pálido y venoso cuello, cubierto por una constelación de lunares que se dispersan por todo su cuerpo.
El silencio de la urbe le reconforta, está escuchando una sonata de Beethoven, triste y melancólica. La luna baña las calles de asfalto, olvidadas y poco circuladas los días lunes. Nadie en la ciudad quiere a los lunes, excepto ella, quién observa tranquilamente el pasar de los autos mientras espera el micro. No hay remedio, las almas solitarias repudian todo encierro, y se refugian ante la belleza de una ciudad que parece morir paulatinamente en cada anochecer. Su gente, los vehículos, las diferentes estaciones, el olor a esmog, la contaminación lumínica y cada partícula que conforma un hogar de transeúntes, se vuelve más hermosa a medida de que sus habitantes se esconden en el confort de sus casas con calefacción.
Una luz verde se asoma en cámara lenta, ahí viene el trole. Extiende la mano, busca el abono en su cartera llena de cosas inservibles y lo encuentra, se sube, saluda (porque odia que la gente no salude a los chóferes) y se sienta en esos monstruosos devora humanos color escarlata. Parece que la propia rutina comiera vivo al espíritu, las caras de los pasajeros están acompañadas de ojeras, bolsas y muecas serias. Nadie sonríe, nadie se ríe solo, están todos totalmente cuerdos y avejentados. La metrópolis les pasó por encima, ha consumido cada sueño y esperanza del ciudadano tipo. Y ahí esta Camila, luchando contra el pasar de los minutos y su estado anímico que fluctúa ante la noción de que algún día la rutina se comerá viva su juventud.
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