sábado, 3 de marzo de 2018



   Acá estoy, en casa, un sábado. Un sábado en casa. Una casa que no es mi casa hace más de un año. Pero todos necesitamos un lugar para vivir, para crecer, para recostarnos después de un largo día. Solo que no se siente como casa. Aunque lo intente, aunque limpie, aunque coma, aunque respire y llore. Esta no es mi casa.
   Acá estoy, llenando mis datos, en una página que dice llamarse "Bolsa de trabajo de la Comunidad Judia", y pienso que no soy Judia pero que tal vez tengan buen corazón y me llamen de algún lado. Que necesito dinero y quiero hacer cosas con ese dinero. Quiero vivir con mi novio. Mi novio que amo y que me gusta estar con el todos los días.
   Necesito conocer gente igual. Necesito tener un espacio donde conviva con otros seres humanos. Hace más de un año que vivo en Buenos Aires y no tengo amigos. Mi novio me dice que es normal, que justamente me vine al lugar más hostil a intentar ser alguien. A veces pienso que tuve una suerte de la puta madre en conocerlo, pero que si dejo que un chabón me cambie la vida, voy a terminar siendo como mi vieja.
   Al final el miedo más enorme de los veintis, es convertirnos en nuestros padres.
   Estoy llena de miedos. Una bocha de miedos. Es como si cada vez que tuviera que arriesgarme por algo, una bolsa llena de concreto se ajusta a mis tobillos. Más que anclada, estoy estancada en mi misma.

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