domingo, 11 de mayo de 2014

Bordo


 No me da miedo caminar sola  por la noche. Conozco las calles y viceversa. Apenas llevo un tapado de imitación barata (conejo). Mis delgadas piernas están decoradas con unas panties negras. Soy perfecta, o al menos eso me dicen los hombres. Cabello negro, largo, fino y brillante. Ojos azabache. Lápiz labial barato. Piel traslucida.
  Cuando la gente se enteraba como desgastaba el falso rubí de mis labios, me preguntaban por que, pero es difícil explicar algo cuando no se tienen respuestas.
  Hace frío pero no lo siento, me volví inmune a él, como si hubiese generado finas escamas en mi tersa piel de porcelana. De vez en cuando la gente me mira (o más bien me percato de que lo están haciendo), soy tan bella a la luz de los semáforos.
 
   - Subí chiquita - Me ordena una voz desde las penumbras de un Corsa azul. Lo observó con desgano - ¿Qué pasa? - Pregunta apurado al ver los autos avanzar a su izquierda.
   - No me voy a subir hasta que te bajes a abrirme la puerta.
   - ¿Sos pretenciosa eh?

    Baja un hombre de unos 40 años, cabello grisaceo, facciones amargadas y ojos duros, secos y fríos como el hielo.

     - Más vale que seas buena, tanto que te haces rogar - Comento despectivo.
 
      En el trayecto me miro alrededor de unas cinco veces, primero mi cara, luego mi busto, después las piernas, y así otras dos veces más, mis muslos.
      Soy esto porque la situación lo demando, me eligió, ¿A donde iba a parar si para vivir hay que pagar? ¿Quién podría contratar a una pobre nefasta que no ha terminado la secundaria?, en este caso la vida me golpea una y otra vez, y sinceramente, con hambre no se puede pensar.
 En este caso el ser mujer se volvió mi arma de subsistencia.

      - Baja y abrí la puerta. Entra con cuidado, sácate los tacos putita.
      - ¿No vas a ir conmigo? - Algo en el tono de mi voz expreso miedo, por primera vez en todas las veces que me deje llevar por desconocidos.
      - No - Finiquito y abrió la puerta del auto, echándome.

       En el instante que camine a aquella casa, el corazón se paralizo. Era una simple prostituta, pero no restaba el hecho de que el miedo siempre estuviera latente a la hora de afrontar situaciones como estas. Abrí la puerta y el chirrido de está hizo que cristales acuosos resbalaran por mi frente. No había muebles, tampoco música, ni voces, apenas una tenue luz indicando el camino que debia seguir.
 
       - Qué bien, ¡compañía! - Expreso una voz grave, rebotando las paredes del lugar - Acercate, sin miedo.

     Llegue a una pequeña habitación, él estaba sentado en una cama, apenas iluminado, exponiendo la mitad de su rostro, huesudo y fino, como el de la parca.

       - Qué linda sos.
       - Lo sé - Admití temblorosa.
       - Sé que lo sabes - Rozo delicadamente mi cuello con sus labios.

       Lo siguiente es lo mismo de todas mis noches, sexo frío, agresivo, un simple polvo, plata para mí, satisfacción para ellos.

         - Acá tenes - Me ofreció un morado. Lo mire mal.
         - ¿Es mucho? - Reviso su billetera, me lanzo un billete de 20 pesos.
         - Soy más cara de lo que pensas pibe.
         - A mi no me importa eso, agarra lo que te pague y tomate el palo.
         - Ni loca.

         "Ni loca", esas fueron las palabras claves para que una especie de botón escondido, se activara en mí. Porque la prostituta barata esta vez quería más, porque una mujer nocturna no vale ni cien, ni veinte pesos, vale miles, yo valgo miles.
         Me liquidó con la mirada y en un abrir y cerrar de ojos, un puñetazo descoloco mi mandíbula, fuerte, rápido y certero. El dolor sucumbía mi cerebro. Mire fugazmente al costado y lo ví, un adorno de una mujer con una lanza negra, debió ser de acero o metal, no importó, porque al traspasar la carne cruda de aquel infeliz no se quebró. Sí, primero fue en el riñón, después en el pecho, y luego en el corazón.
Escapé de allí con mi arma casera, bañada en sangre; con $500 y 3 tarjetas de crédito.

        - ¿Estas bien? - Me pregunto una anciana vagabunda, al verme tirada en un rincón de la Avenida Portuá, con los ojos colocados en el recuerdo, con el corazón vació y el bolsillo lleno.

        Mentiría si confieso que desde entonces me he sentido culpable, porque la verdad es que nunca me sentí mejor, tan viva, tan real, manchada del propio elixir de la venganza a la misma vida, a la misma mala suerte que me tocó. Tomándole un poco de aprecio, a eso que llaman... matar por placer.


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