domingo, 15 de marzo de 2015
Carmencita
La habitación esta teñida de un negro silencioso y melancólico, apenas puedo percibir un pequeño rayo de luz que se escapa por la persiana. Las motas de polvo bailan en remolino por el lugar. Ella esta envuelta en una bata, apenas cubierta por la delgada sabana blanca. Esta pálida como el papel, y sus ojos hinchados, llenos de pequeñas venas rojas, me miran, pero esta vez se abren despacio. Le doy un beso en la mejilla, y le acaricio su tersa piel de porcelana. Se ve tan frágil y ausente, por alguna razón perdida, más allá de lo que uno puede percibir. Sumergida en su inmensidad, apenas puede hablar, y me susurra entre frases cortadas, lo mucho que se arrepiente de excederse. Agua, limón y azúcar para revivir. La sonrisa aún sigue incauta en su jaula de recuerdos perdidos.
Toma un balde floreado, que simula más a ser un vomitedero que un tacho, y lo abraza, con tanta fuerza, que por un momento creo que es parte de su propio cuerpo. El sonido de su atormentada garganta en cierto modo me alivia, porque sé que se pondrá mejor, pero sé que en ese momento lo único que desea es una eutanasia asistida.
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