De desayuno café negro. Ya no fumo cigarrillos a la hora de acompañar uno, pero por lo menos me acompaña él. Se apoya en el marco de la ventana y el cielo grisáceo dibuja su silueta, en contraste con el espectacular domingo gris que nos regaló la vida. Ya no estoy segura si el amor es necesario, o el propio amor nos necesita a nosotros. En realidad creo que no estoy segura ni de la propia piel en la que habito.
No tengo certeza de nada y al mismo tiempo lo único que me esclarece las dudas, es saber que algún día voy a morir. Me alegra tener por lo menos ese gran momento existencial confirmado. De lo demás, no sé nada. No sé qué rumbo está tomando mi vida, y tampoco sé si en realidad estoy siendo pilota de él. Tampoco sé porque me senté frente a la computadora y decidí escribir; en parte lo necesitaba, ese ritual de plasmar palabras en una superficie blanca e infinita, ordenar las silabas de mi cabeza, pactar un principio y un final... tengo que confesar que suele ser bastante terapéutico (tal vez por eso nací escribiendo).
Muchas veces mis amigos me recriminaron que era una persona muy enamoradiza, y sí, lo soy. Nací del amor, crecí con ese concepto, y en parte viví la ruptura de él. Transite la separación de los dos amores de mi vida, y tal vez eso fue lo que me dio las fuerzas para no renunciar a eso que una vez sentí, esa magia de creer que en realidad dos personas si están hechas a medida, y se vienen buscando por todo el universo sideral.
- ¿Qué te pasa? Tenes cara de pensativa ¿te preocupa algo? - Interrumpe el fino hilo que conecta mis emociones y la sinapsis de mis neuronas.
En realidad sí, de todo me pasa. Ocurre que tanto amor del bueno a mí me pone mal, como si en realidad hubiese estado enferma toda mi vida y ahora este siendo medicada, mi cuerpo no está apto para la cantidad de endorfinas que estoy liberando.
Tuve
una pesadilla, pero me levante y él dormía a mi lado, lo abrace y volví a
conciliar el sueño rápidamente, como si la propia cura a mi enfermedad fuese su
persona. Me declaro insana.
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