viernes, 21 de octubre de 2016
El remisero
Decidí verte, luego de dos años sin tener noticias sobre tu existencia, te escribí. Siempre tengo malas ideas, y vos siempre fuiste una. Entonces te dije que nos viéramos, hablamos como siempre, me baje en la plaza España y me escribiste un inocente "¿qué haces?":
- Tomemos unas birras - te respondo, porque siempre fui muy directa y bruta para encarar todo.
- Te paso a buscar en tres minutos.
De repente estabas ahí, manejando un auto negro que poco distingo si era un gol o un corsa. Sacaste el torso por la ventana y sonreíste. Me subí, te miré, estabas cambiado pero parecías ser la misma persona. Aún así yo no te conocía, en lo absoluto, solo sabía que como siempre tenías novia, pero me mentí y dije "voy a ser su amiga", puedo ser su amiga, mentalicé:
- No nos vamos a bajar del auto. Me encanta manejar. Ahí vamos a comprar una birra.
- Comprame puchos, un Marlboro 10 - te entregue el dinero y desapareciste.
Volviste, me entregaste el atado y prendí un pucho. Lo hice instintivamente, tenía miedo de que hubieran baches incomodos y silenciosos; para los fumadores siempre es una buena excusa si la conversación no va encaminada. Pusiste disclosure, abriste la cerveza con el encendedor, y hablamos de nuestras vidas. Ahora estudias psicologia, y estas de novio, pero me decis que no la queres, como siempre me dijiste con todas tus novias. Me comentas que la miras y no te gusta, y que a veces te parece irritante su risa constante.
Costeamos el parque San Martín, nos adentramos a las profundidades de los bosques artificiales de la ciudad, y salimos por quien sabe qué calle. Me contaste que trabajabas de remisero, y me reí, debes ser el remisero más hermoso del mundo. Te pregunte si tenías alguna anécdota graciosa sobre tus trabajos, y me mencionaste una vez que un gordo quiso que lo llevaras a un prostíbulo y te termino pagando en dolares:
- ¿Vamos al casino?
- Vamos - nunca pude decirte que no.
Entonces era viernes por la noche, o miércoles, o tal vez no fue ningún día de esos y te soñé, pero aparecimos en un casino, y antes nos fumamos un porro, el primer porro luego de cinco años de conocerte. Estaban sonando los Arctic, bajé la ventanilla, suspiré, me prendí otro cigarrillo, te reíste y dijiste:
- Fumas como una enferma.
- ¿Qué?
- Mira como estas, con los dedos en la ventanilla, escuchando una canción que te gusta, fumando un Marlboro. Te encanta, fumas como una desquiciada y me gusta.
No pude responderte nada.
Entramos al Casino, apostamos a la ruleta, ganamos una vez y perdimos la otra. Me contaste que tus amigos iban siempre y se gastaban alrededor de tres mil pesos. Las personas dentro del lugar me daban lástima, muchos viejos, mucho olor a tristeza y demasiadas luces obnubilantes. Salimos de allí, tal vez estuvimos una hora. Volvimos a recorrer la ciudad. Nos paramos en una estación de servicio.
- Voy a mear - me dijiste.
Seguimos el transcurso y terminamos en una calle paralela de mi casa. Te hablé de cine, te dije que me encantaba mucho Xavier Dolán, te mostré mi escena favorita, con el sonido al máximo. Me dijiste que era lo mejor que veías en mucho tiempo. Sonreí. Me dejaste en casa, ahora yo vivo donde antes vivías vos.
Te vas a cambiar a una casa, con la novia de tu papá. Siempre fuiste un chico de pavimento y me comentas que te da miedo, te sentis desprotegido y desconcertado. Tenes 20 años, o un poco más, ya no sé cuantos años tenes Nico.
Luego de todas las secuencias que parecen no tener sentido, pero estuvieron englosadas en una misma noche, me bloqueas y nunca más volvemos a hablar. Volvió a pasar lo de siempre. Te extraño, pero nunca vamos a poder ser.
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