lunes, 3 de noviembre de 2014

Coleccionista de belleza

 
  Rubí camina por Olavarria como siempre, esta yendo a sus clases de danza. Tiene puesta su remera favorita, va escuchando música, rock nacional. Esta pérdida en las estrofas, como de costumbre; su madre siempre le repite que sea más cautelosa, que miré atrás, que grite sí pasa algo, pero de nada sirve a la hora que ese "algo" sucede.
Una camioneta gris de para en la esquina, vidrios polarizados, baja la ventanilla. Una mujer rubia le chista, ella de casualidad la ve. Se saca los auriculares, y le dirige la mirada:

    - Discúlpame, el estudio Suárez ¿sabes dónde queda?
    - Sí, exactamente a tres cuadras.
    - ¿Bailas ahí? - le pregunta la mujer y observa las puntas que lleva colgandoen su hombro.
    - Sí.
    - ¡Qué coincidencia! Voy a inscribir a mi hija, te acercamos, subite.

   "Subite", cualquier niña hubiese dicho que no hacía falta, hubiese dudado, pero ella no lo hizo, porque confiaba demasiado en la amabilidad de los extraños. Quien iría a dudar de una mujer tan vistosa, simple, con facciones angelicales y voz de seda. Cualquier humano hubiese cedido ante sus encantos, y así mismo, Rubí de 13 años, se dejo llevar.
    Abrió la puerta de la camioneta y subió, todo era normal, estaban escuchando música pop, y el hombre a su izquierda fumaba. Los olores, son cosas que no se olvidan en un recuerdo, cosas que quedan intactas en la memoria a la hora de analizar.
      El móvil iba en dirección al estudio, el semáforo da luz roja, suficiente tiempo, suficiente preparación llevo este plan para ser realizado de manera tan pulcra y simple. 
Dos hombres entran a la camioneta, por ambas puertas. Ella se asusta y grita, pero era tarde, la habían tomado de los brazos y la propia co piloto le tapa la boca con un pañuelo; eso es todo lo que ella recuerda. 
>> La presión de las manos alrededor de sus finos brazos, la desesperación, la poca fuerza que tenía, el fuerte olor que penetró sus fosas nasales, y el desmayo. Por sobre todo, el desmayo.

     >> Se despierta tendida en una cama de dos plazas. La sala es amplia y luminosa, pintada de rosa viejo. A la derecha un gran ventanal de cristal, enmarcado por finas cortinas perladas. A su izquierda, una solitaria mesa de luz; en esta hay una lámpara y una carta.
Ella se reincorpora con las pocas fuerzas que tenía, puede notar que lleva un vestido blanco, de encaje, hasta las rodillas, pero eso no es tan relevante como el contenido de la propia carta:

    Querida Rubí:
Te estarás preguntando muchas cosas en este momento, pero nosotros no podemos darte las respuestas.

                            Malcom. 


   Un grito ahogado llena de vida la fría sala. Entiende que fue estúpida, entiende que debería haberle hecho caso a su madre, pero es tarde, tarde, tarde, tarde, y la idea de matarse se vuelve una delicia tras el transcurrir de las horas.

    - Visita - Anuncia una voz aguda. Rubí puede distinguir que es la misma de la desgraciada que la engaño aquella tarde, pero carece de fuerzas necesarias como para quejarse.

    Esta tendida en las sábanas inmaculadas, con los ojos secos de tanto llorar. Su mirada está vacía, perdida en la propia oscuridad que se iba apoderando de su libertad.
Acto seguido, entra un hombre a la habitación. Ella se reincorpora y toma rápidamente sus piernas, abrazando las rodillas, protegiendose de lo que sabía que iba a venir; pero no era así, esté sólo la observo, por 60 interminables minutos, con la sonrisa torcida y diabólica y los ojos  enfocados en su pequeño y frágil cuerpo.

    - Tiempo.

  El hombre sale. No la toco, ni siquiera le habló, simplemente se sentó a mirarla, apreciándola como una obra de arte; aquellas pecas que rodean su nariz, el verde olivo de sus ojos, el blanco de su piel porcelanada, el cabello negro, y las piernas largas y delgadas. Todo encajaba a la perfección con el pedido exclusivo de Malcom.

    - Falta para mi colección una niña que oscilé entre los 12 y 14 años. Necesito que tenga ojos verdes. Quiero el cabello negro, lacio. Tiene que ser talentosa, saben lo mucho que me gustan las jovencitas con sorpresas.
    - Por supuesta señor ¿alguna petición más? 
    - Que sea virgen. 


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