jueves, 25 de junio de 2015

El club de los corazones rotos




      Te dije que no me gustaba despedirme, y tal vez esa fue una de tus jugadas más inteligentes, porque no me dijiste adiós como se debe, con un beso y una caricia, sino que me abandonaste al igual que mucha gente lo hizo en mi vida, de manera seca, con palabras filosas y gentiles. Lo más confuso es que te alejas porque me amas, ¿en que cabeza cabe la idea de abandonar algo que se aprecia?. Me dejaste vacía como un morrón, de ese que es tan fácil sacarle el corazón, y ahuecarlo sin problema.   

      Lo tragi-cómico de esta historia, es que tenes la fuerte convicción de que voy a encontrar a otra persona mejor, de que vos algún día vas a encontrar a esa persona que te sane, de que ambos no estamos hechos el uno para el otro, de que no te queres acostumbrar a mi persona, a mi piel, mis besos, mis caricias, mi pelo sin peinar, mis brazos que te acunaban aunque peleáramos sin igual. De que esos ojos que tanto te gustaba mirar, hoy no son más que un día de Capital, grises y aguados.  
      Ahora todo vuelve a su color, y soy otra vez un uno en la sociedad. Sin embargo a tu lado me seguía sintiendo así, pero era más fácil apegarse a la expectativa de que nos podíamos convertir en dos, de que tu piel cristalina, pegada a la mía, eran el cielo en la tierra, o más bien el infierno, porque no hay palabras que puedan describir cuanto me quemaba tenerte cerca. Cuando me gustaba dejarme arder.    

      Sigo viviendo en mi recuerdos el atardecer y tu silueta, estamos escuchando Sumo en silencio, pero me gusta tu compañía, se siente tan bien volver a querer. Se sentía bien reírse y no entenderse, pero tal vez ahí estaba esa grieta que tanto remarcaste al dejarme, esa cosa de que no nos vamos a entender nunca, esa amargura que tengo en la lengua por no saber que decirte para que te quedes conmigo. "A veces no alcanza con querer"  ― profesaste cuando traté de retenerte con cariño   "El amor no es color de rosa. Hay más contras que pros".   
       A medida de que hago catarsis, sigo tratando de detener esa fluctuante ambivalencia entre el querer y odiar. Porque no te llegue a amar, necesitaba tiempo, y creía que a tu lado las heridas iban a sanar finalmente. Pero eramos dos equivocados jugando al amor:

                     ― Siempre hay un roto para un descosido ― Dijiste una vez.  

                  
      Tal vez la descosida era yo, porque claramente él roto eras vos. Te hicieron añicos y no pude coserte, no pude retenerte a puntadas zurdas (desprolijas y sin fuerza), no pude enmendar todos tus años de quiebres. Entonces comprendo que besar tus cráteres de oscuridad no era la manera correcta de hacerte quedar, que apenas soy una novata, que nunca me dí el lujo de permanecer atada, unida. Que te quiero, y eso es lo peor, porque ahora dejaste en mí otra vez ese monstruo infeliz, llamado soledad. 

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