domingo, 13 de septiembre de 2015

Marlboro



   Convivo con el cigarrillo desde que tengo uso de memoria, mi abuela fumaba cual chimenea; Apenas se levantaba, sin desayunar ni lavarse los dientes, se prendía uno, y después de eso preparaba su café brasilero.
   Me gustaba verla fumar, era prácticamente un ritual para ella, y adoraba en parte como se veía. Como el humo azul volaba contrastando la habitación. La manera en la que encajaba perfectamente el aroma a perfume caro y Marlboro . 
   A pesar de eso, crecí con la fluctuante ambivalencia de amor/odio. Amor por ella y odio al tabaco. 
Solía esconderle los atados y reírme por como rabiaba, ante la desesperación de no tener a su único vicio al alcance. 
   Eran amigos inseparables, cabe destacar, tal se podría que se podría decir que el cigarro se había convertido en una extensión de su ser, como un brazo o un corazón, en parte no podía vivir sin el.
   Muchos años después empece a fumar, quién sabe si por curiosidad o por nostalgia a aquella niñez llena de humo y cariño. Sentía que con un cigarrillo tenía el poder de tenerla más cerca. 
   Por suerte no la mato aquello, pero si se murió su gran amor. Tuvieron que separarse por cuestiones de salud, aún así, recuerdo que camino al hospital fumaba el último cigarrillo de su vida, sin saber que este le estaba causando un paro cardíaco. 
   No le importó, era bella aún en ese estado de impotencia contra la muerte. Por sobre todo, inmortal. 
Afortunadamente aún lo es. 

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