miércoles, 9 de septiembre de 2015
Cómplice
Hay secretos que nunca deben ver la luz del sol, a pesar de ello, a veces son revelados, y llegan a la superficie en el momento menos indicado.
Recuerdo el día como si hubiese sido ayer; llegue a mi casa y mi madre se encontraba sentada en el sillón, con esa blancura tan característica que tiene al llorar, su rostro pálido, sus ojos hinchados y su expresión vacía me transmitieron una sensación nunca antes experimentada. En el fondo sabía que era, conocía perfectamente que la única persona capaz de hacerla llorar en el mundo, era su marido, mi padre.
Me senté a su lado y le pregunte que pasaba, ella me respondío que no quería contarme porque en base a eso iba a tomar partido. No necesité nada más, entendí que era lo que estaba sucediendo, y por mala suerte lo adiviné. Él le había sido infiel - tal vez más de una vez - luego de veinte años de matrimonio, todo este tiempo de esfuerzo, a la basura.
No venían bien, a veces sentía que lo mejor para la felicidad de ambos era separarse, aún así, cuando estaba juntos eran adorables. Hay una especie de amor que anhelo en el fondo, y es aquel que siento cuando mis padres están juntos, pero luego de todo ese episodio realmente me pregunto ¿es eso lo que quiero?.
Mi padre, tan correcto como parece, había engañado a la madre de sus hijos, al amor de su vida, a la mujer que lo acompañó hasta el fin del mundo, y por sobre todo se había engañado a sí mismo creyendo que eso nunca iba a ser descubierto. Por casualidades, por el destino o quierase llamar karma, mi madre descubrió por chusma, evidencia. Como dicen "ojos que no ven, corazón que no siente", y en este sentido, lamentablemente sus ojos vieron.
Ahora tengo que lidiar con una madre depresiva, y una familia que a veces parece sostenerse únicamente por una fina hilacha que divide dos mundos: el de una familia unida, y el de un matrimonio desgastado por la monotonía.
La escucho llorar desde la cocina, y sé que este proceso tal vez tarde años o meses, está tan gris y apagada, y en la ausencia de mi padre, la que debe lidiar con los pedazos rotos soy yo. Ahora me pregunto ¿también debo temerle al amor?. Una vez escuche que el sufrimiento es inevitable pero que nosotros elegíamos quien nos iba a herir, ¿acaso ese es el precio a pagar? la tristeza que solo la persona que más se quiere en la tierra, te lo puede generar. Quisiera creer que no, pero nosotros decimos a quien amar, y por quien llorar.
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