domingo, 25 de diciembre de 2016
No sé cerrar
Tengo el síndrome de las puertas abiertas. Creí que con el tiempo me iba a curar, al principio era una ventana que no podía cerrar, y luego la tapa de la mermelada que reposaba sobre la mesada, con el cuchillo clavado en el dulce cual asesinato, después era olvidarme cerrar la puerta de la heladera, o tal vez el mismo mueble de la comida. A medida de que pasó el tiempo, mi madre se percató de mi sutil despiste:
- Aprende a cerrar las cosas - me dijo una vez enojada.
Ella tenía razón, las madres siempre tienen razón. Sé que su intención no era que cayera en un torbellino de reiterados pensamientos introspectivos, pero era verdad, simultáneamente todas las puertas de mi vida estaban abiertas. Por esa misma razón me perseguían fantasmas y pensamientos que no dejaban en libertad la propia autarquia de mis decisiones.
La gente usa dichos para retratar situaciones: "Cuando una puerta se cierra, una ventana se abre", pero en este caso no tenía sentido, ni las mismas puertas, ni las mismas ventanas generaban alguna conexión a quien sabe donde. ¿Por qué siempre que hablamos de oportunidades tenemos que retratar una salida y una entrada?. Cuando las puertas se cierran, se cierran, no hay vuelta que darle. Me gustaría pensar que el sendero de nuestra vida esta marcado por una infinidad de monoblocks que nos ofrecen pispear que tipo de vida queremos usufructuar.
Sin embargo tengo una enfermedad crónica, no sé cerrar ciclos, ni puertas, y tampoco sé cerrar la boca cuando es necesario. Soy un libro abierto, siempre lo fui. Creo que nunca podré curarme del dolor.
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