Conocía sus puntos débiles, el cuello, el perfume, las camisas, el café con leche condensada, la buena música, el arte de la vida cotidiana, y entre otras cosas el amor de un hombre hacía una mujer (y en este caso de la forma más pura posible). Era poeta sin querer serlo, porque cada palabra proveniente de su boca, cabeza, dedos y alma, era sublime, y sin poder evitarlo, ella se enamoraba cada vez más.
Le gustaba fumar, cigarillos y charuto. Apreciaba el placer de la locura de una manera muy natural. La música era su refugio en la tierra y cuando todo dolía, solo tomaba su guitarra y se dejaba ir. La soledad era buena compañera, se conocían bien, por años era una amiga de elección. Él apreciaba escuchar canciones en los rincones de su habitación vintage, en su bunker, su fortaleza personalizada.
Vuelvo, voy, salgo, vengo, fumo, tomo, como, duermo.
Su rutinaria vida comenzaba a ser un monologo mal contado, una historia inconclusa, a toda esta adolescencia le faltaba pimienta, algo de emoción. Al recaer en la simplicidad, comenzaba a aburrirse cada vez más, cuando en realidad todo era un camino hacía ella.
Cuando dejo de buscar la encontró, apareció en su vida como un rayo de luz, nadie le había pedido su presencia y sin embargo era tan necesaria que él no entendía el porque.
Compartían tantas cosas en común que asustaba. La esencia de ambos se había convertido en miel, como si cada uno fuera una hormiga, no podían evitar sentirse atraídos, y aunque respetuosamente se dieran a entender como dos seres totalmente amigables, metiéndonos en las invisibilidades de la piel, se necesitaban, de una manera tan abrupta e inocente que era hermoso pensar que sus labios nunca se habían tocado... hasta ese día.
Se veían, se miraban de nuevo por primera vez, esta vez se estudiaban como cámaras fotográficas, no querían olvidarse de nada en lo absoluto. Tomaron un café, riéndose de cosas insulsas e insignificantes, hablando a veces temas importantes y delicados, dejándolos al último para poder charlarlos mejor. Tenían todo el tiempo del mundo a su poder.
Se escaparon de aquel lugar lleno de voces y ruidos, caminaron por una calle circulada, mientras el viento abrazador les acariciaba las mejillas. El tenía las manos en los bolsillos. Ella tanteaba el aire con las suyas.
Terminaron en una plaza desconocida, tendidos en el pasto como dos perros callejeros, mirando como el cielo se teñía de violeta paulatinamente. Se miran, pero no era esa clase de mirada pasajera, sino más bien una mirada al alma, de esas que escanean completamente cada rincón nuestro, cada pesadilla o sueño.
Se reincorporan del suelo y en una fracción de segundo vuelven a mirarse, pero esta vez él se acerca y le besa la mejilla, sintiendo taquicardia se aleja. Puede notar como los latidos del corazón golpean frenéticamente las ventanas de sus oídos. Ella siente lo mismo.
Una vez más se acerca, y en pacto de total silencio saben que es momento de besarse.
Cierran sus ojos, aunque eso no les impide verse. Conocen sus labios pues se han besado antes, en sueños y vidas pasadas. Esta vez se tocan, por primera y milésima vez, entre abiertos, y el cálido aliento rompe el frío que los rodea. Ella apoya la yema de sus dedos en el cuello y el suspira. Sienten el sol aunque no esta, y la brisa fresca a su alrededor, sienten latidos fuertes y una magia rodeándolos, dejando de ser seres solitarios, vuelven a encontrar esa chispa que les faltaba.
Era la primera vez que se besaban, pero sabían que no iba a ser nunca más la última, porque la vida cruza personas, pero los besos unen vida.
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