Un día esa tan temida presencia vino a visitarme. Mis piernas tiritaban del éxtasis, y al mismo tiempo, de miedo.
El embriagador espesor del humo, recorrió mi boca como un suspiro, llevándome al borde de la locura.
Sus ojos infinitos me miraban despacio, y me comían con sus pupilas nebulosas. Era la misma muerte la que me besaba, arrebatándome el alma.
Bese sus vertebras y el blancuzco hueso, donde en alguna vida fue un pómulo carmesí. Lo acaricie nostálgica, tal vez porque sabía que iba a ser la última vez.
Como caramelo, interminable, me saboreaba. Una simple mortal seducida por la majestuosa calaca, hipnotizada por el frío bosque de su iris.
Como caramelo, interminable, me saboreaba. Una simple mortal seducida por la majestuosa calaca, hipnotizada por el frío bosque de su iris.
Despertándose del trance, se toca los labios y vuelve a soñar.
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