Había una vez una nena de diez años muy feliz. La época de la historia se remonta a un verano muy alejado a sus recuerdos, rondando el 2005 o 6. Ella se encontraba en la finca de sus abuelos, su lugar preferido en el mundo, aquel donde los días se tornaban más largos y el sol la acompañaba hasta las ocho de la noche.
Había una represa del tamaño más enorme que se les pueda ocurrir, y alrededor de ella una infinidad de olivos que en su momento para la niña eran innumerables, perros, caballos, rosas, una huerta, conejos, tractores, el paraíso mismo; en la parte central de la represa, una isla, un pequeño espacio flotante de tierra y pasto, conectado por un largo y noble puente de madera. A veces nadaban peces y patos allí. A veces se los cazaba a ambos y estos no aparecían por un largo tiempo, hasta ser sustituidos nuevamente. Cuenta la leyenda que la isla tenía el nombre de la nieta primogénita, y que por esa misma razón era aquel su lugar favorito.
Un medio día como
cualquier otro, estaba andando en bicicleta por el sendero de los álamos, yendo
y viniendo, pedaleando sin rumbo, hasta que algo extraño sucedió. Unos
chirridos casi inhumanos llamaron su atención por completo. Un grito de
auxilio ensordecedor e impronunciable hizo que se acercara aún más a la fuente proveniente
del sonido, tal como en las peliculas de terror. Cien por ciento cierto.
La razón de todo
esto era que se avecinaba navidad, y tal vez un niño no asocia las fechas festivas
y una cerda gorda con hijitos. La escena fue clara y concisa. Bañaban en agua
hirviendo a los cerdos, estos chirriaban desesperadamente y nadie notaba que
una pequeña de diez años observaba la situación (o tal vez sí y nunca les
importo). Entre dos hombres tomaban por las piernas a la cerda mayor, la
acostaban boca arriba enfrente de su patrón (en ese caso el abuelo) y la
mataban. La mataron. Frente a los ojos inmaculados de una niña. Clavaron un
cuchillo en su garganta, y lo deslizaron de manera prolija. Abrían el cuerpo
y sacaban órganos como si fuera algo natural. Como si de verdad no estuvieran
pensando que lo que hacían era matar, era asesinar, era sacarle la vida a un
animal que quien sabe que sentía o pensaba. Ese día la niña pedaleo llorando a la casa de sus abuelos. Ahogada entre lágrimas quería contar que le pasaba, pero no podía. Cargar en la retina el asesinato de un inocente es algo difícil de soportar.
- <<La mataron... la mataron>> - Repetía entre sollozos violentos y desesperados.
Aquel 23 de diciembre el cuerpo sin vida del animal se encontraba colgado de un árbol, por razones desconocidas por falta de conocimientos culinarios. Acto seguido, la noche del 24 el cerdo se encuentra en la mesa, burlescamente tiene una manzana en la boca, esta en el medio de la mesa y todos comen de él. Mirarla era casi un acto de violencia, no podía con la culpa de saber que había visto todo el proceso de matanza. Se sentía una sucia cómplice, y nada nunca iba a cambiar eso.
- Dale come un poquito, esta riquísimo - Le dijo su madre insistiendo con un pequeño plato y un pedazo en él.
Constantemente en
el noticiero salen crónicas sobre asesinatos a mujeres, sobre violaciones,
robos, y lo que instintivamente se obtiene del lado de la audiencia es
desaprobación: ¿Cómo mataron a esa inocente chica sin motivos? ¿Cómo es capaz
de que hayan hombres que violen a mujeres? ¿Por qué se llevaron toda la riqueza
de esa familia? ¿Por qué no?, ¿Por qué el ser humano se sorprende ante los infortunios
de su sociedad, pero no se replantea lo que le hace a los propios seres vivos
que nos codean día a día?.
Si estuviéramos en
India sería un pecado matar a una vaca, ellas son tomadas como seres superiores
entre nosotros, sin embargo en China matan perros y nosotros nos sorprendemos.
¿Hay acaso una lógica en el asunto? ¿Una coherencia? Juzgar a los Chinos por
matar a animales que amamos y tenemos de mascota, y estigmatizar como
locos a los Indios que veneran a esa
misma especie de la cual nos juntamos a celebrar y comer, de manera rutinaria todos los domingos. No me malinterpreten, viví toda una vida de carne, de sus nutrientes que aportan en menor o mayor
medida. Disfrute de hamburguesas con amigos, asados y demás, pero luego de que
algo en mí se acciono ¿es pecado querer defender solitariamente mi postura?.
Cuando somos
niños no nos venden la cruda realidad de que lo que comemos fue criado,
alimentado y luego asesinado, para que esté ese día en tu plato. Cuando somos
niños acompañamos a nuestros padres al supermercado y nos tapamos la nariz en
la sección de carne, porque instintivamente nos produce nauseas el olor. Cuando somos
niños nos dan patitas pero no nos explican que son miles de pollitos
triturados. Cuando somos niños no nos explican cuanto dolor siente el animal, cuanto sufre, cuanto deja de sufrir. Cuando somos niños crecemos con la realidad de que las verduras son feas, y que cuantas menos comas, más rebelde sos en el jardín. Cuando somos niños nos llevan a granjas a visitar vacas, y ordeñarlas, pero no nos dicen que tarde o temprano va a ser asesinada como una de las tantas hermanas que tuvo. Cuando somos niños Mc Donald's es nuestro mejor amigo. Cuando somos niños no podemos decir "no quiero comer carne", porque creerán que es un berrinche, y para poder ser vegetariano y decir NO, uno debe crecer para ser tomado en serio (o a veces a medias).
>> Cuando somos niños nos inculcan que el comer muertos es algo totalmente normal, pero tal vez, si todos vieran en carne propia lo que es convertirse en un festín… tal vez, tal vez en el día de navidad cambies de parecer.
>> Cuando somos niños nos inculcan que el comer muertos es algo totalmente normal, pero tal vez, si todos vieran en carne propia lo que es convertirse en un festín… tal vez, tal vez en el día de navidad cambies de parecer.
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