jueves, 22 de enero de 2015

Montaña Rusa



  Sentía un profundo deseo de llorar, al mismo tiempo acompañada del nudo que atravesaba mi garganta. No sabía porque, pero a veces las ganas de quebrar en llanto sin razón alguna parecía una idea deliciosa. Los ojos grandes de cristal resplandecían al mirar las afueras de la habitación y podía captar con mayor precisión como la luz se adentraba despacito por la ventana, y el aire caliente se fundía con mi piel.
   Podía ver a través de sus ojos como el infierno de su alma se ahogaba en llamas. Estaba en el punto máximo de su paciencia. Sabía que se estaba conteniendo, que quería mostrarse fuerte, duro como el acero, inoxidable ante las tempestades, sin embargo, sus pupilas negras y profundas, similares a las de un cachorro, me observaban con una extrema preocupación. Ignore el hecho de que la situación se volvía cada vez más abrumadora y pesada, solo porque llegue al tope de hartazgo y decidi comenzar a evadir mis propios pensamientos. Es bastante fácil ignorarse, no hace falta mucha ciencia para ello. Adormecer las voces que me enloquecían con el tiempo se volvió una especie de ritual.
   Estábamos en una montaña Rusa, los cuatro, mis padres encabezaban el frente del carrito, mientras que mi hermano y yo nos encontramos detrás de ellos, protegidos ante la velocidad de los giros y la inercia de esté. A medida que se sube el aire es más fresco, aún así la bajada es aterradora, acompañada de la velocidad constante que dura tan solo unos minutos. Así era nuestra vida económica, un constante subir y bajar, pero nunca descender del carro, tampoco hallar la estabilidad, más bien convertirse en un viajero vitalicio de la de la vida.
    Cada mañana nos subíamos al carro y dábamos vueltas en espirales, subiendo y bajando en la constante atracción. Un día el dueño del parque nos pregunto porque concurríamos todas las mañanas, sin comer, cansados y mugrientos.  Mi padre se vio avergonzado y agacho la cabeza, no había mucho que explicar, sin embargo aquel hombre fue el catalizador de la solución. Le otorgo a él un trabajo estable y digno, estabilizando por completo todo el negativo de su cuenta bancaria.
    Esta vez él me miro de nuevo, ya no tenía los ojos preocupados y cansados, esta vez los tenía vigorosos, rugiendo como las olas al golpear las rocas de la costa. Esta vez había vuelto a nacer, como un ave fénix esperando el momento justo para resurgir de la cenizas. Esta vez comencé a ser menos adulta y más adolescente, esta vez me deje pasear por el dulce juego de la montaña Rusa, a diferencia de que pude descender antes de marearme. Escogí con libertad, no volver a subirme de nuevo a la constante incertidumbre de la desestabilizada vida sin ingresos monetarios. Esta vez, después de tantos años, la atracción cerro sus puertas, liberándonos.

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