lunes, 6 de julio de 2015
El culpable II
Estamos recostados en nuestro infierno personal, ese que mide dos plazas y media, y tiene sabanas azules. Cierro los ojos, siento el latir de su corazón, tan tranquilo y galopante, se me hace parecido al rítmico tic tac del reloj, en su mesita de luz. Acaricio su enmarañada melena rubia, dejo hundir mis dedos en sus rulos aplastados, y con mi mano izquierda, trazo finas lineas sobre su ombligo perfecto. Esa es la última palabra que se queda prendida a mi lengua, luego de besarnos... "perfecto".
Una vez creí que nunca me iba a sentir así. Creía que había amado, y como todo resultó ser un fiasco, no volví a arriesgarme. Pero entonces soñé y soñé con el corazón abierto, el que llegaras, y te esperé, y en el camino elegí mal, no te conocí hasta que decidí que debía pasar, que ya me sentía lo demasiado enamorada como para seguir esperando a que te aparecieras en mi vida. Y así fue.
Y por arte del destino, del universo, o de cualquier otra entidad super poderosa, apareciste. Me colmaste de pasión, me enseñaste a querer de nuevo, a vivir de a dos, me elegiste, me acariciaste, me abrigaste del frío invernal que había en mi alma, y yo solo te amé, tan de repente, que no me diste ni el aliento para que pudiera suspirar ante tu contacto. Me arrebataste la oscuridad, me llenaste de luz, de sol, de risas, y te amo, tan simple como suena, pero tan complicado de entender.
Estamos recostados en nuestro infierno personal, y te siento vibrar, antes de que volvamos a tocar el cielo.
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