jueves, 9 de julio de 2015
El culpable tiene nombre III
Ahí esta de nuevo, esa mirada sin retorno, vacía, esquiva, ahuecada. Tiene la mejilla recostada en su mano izquierda, observando algún punto fijo, poco interesante, con la cabeza en Júpiter pero el cuerpo en tierra, en el maldito planeta que por coincidencia divina debe habitar. Escuchar música resulta un método efectivo a la hora de omitir sus propios pensamientos, pero en ese momento, realmente no funcionaba, la canción solo era un soundtrack de su vida peliculera, llena de ficción y poco romance. Ese era el problema fundamental de su ausencia en tiempo y espacio, el amor. Las cuatro letras más temidas de toda la historia, ese poder absoluto donde el ser humano no ha llegado a dominar por completo, donde todavía quedan incógnitas sin resolver, y por más universal que sea, a todos les toca de manera diferente, y ese era otro problema; a ella no le había tocado el amor como a los demás.
El verdadero comienzo de la historia, se remonta a un verano lejano, donde ella tenía catorce años (pasaron cinco años de aquel hecho). Se enamoró de un chico dos años mayor, en un tiempo record, y de la misma manera en que lo amo, también se desilusiono y decepcionó. Todo ese cariño incondicional que sintió por el, se vio esfumado ante la cruda realidad que a cualquier persona le toca, la ruptura. Entonces es así donde se toca el pecho con ambas manos, y se recuesta en su cama, tratando de no llorar tan fuerte, esperando que los pedazos de su corazón no se escaparan en cada lágrima ardiente que desprendían sus ojos de rubí. Pidiendo a gritos callados, que alguien la reparará.
Así fue como nunca más volvió a creer en el amor, y vivió infinidades de utopías, divinas cual diamante, y falsas como una imitación de barrio Chino. Mientras tanto, la gente a su alrededor fue madurando, creciendo, y a medida de que el mundo rotaba para cambiar de estación, aquella mujer seguía con los ojos posados en el sol de verano. Pero luego su estación interna comenzó a helarse, y esos días de calor no eran más que un simple y vano recuerdo, que más que ayudarla a vivir, terminaron por causarle una hipotermia absoluta, y adormecerle por completo todos los sentidos.
¿Cómo vivir día a día con el alma congelada?, siempre tan sensible al frío, abrigada en exceso, tratando de calentar el cuerpo, cuando el asunto era mucho más interno de lo que imaginaba. Hasta ese día, ese momento que hirvió tanto la llama del amor, en su ser, que pudo devolverle por completo a su corazón, esa sensación de tibieza, que creía haber perdido.
No se sabe como, ni en que momento, él apareció. Ojos infinitos, cigarrillos Parlament, sonrisa amarillamente perfecta, unas manos firmes y suaves, rulos cobrizos, abrazos llenos de perfume, su risa que repiquetea en su cabeza al momento de dormir, sus besos húmedos, su boca redonda, regalos, su humor ácido, sus princesa y mi amor, su piel de porcelana. Su todo. Calor, quema, se derrite su interior ante el mínimo contacto, con Agustin.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario