jueves, 16 de julio de 2015
El origen
Dicen que a la hora de morir, la última visión que tiene el ser humano, queda impresa en la retina, y por ende, a la hora de renacer, uno permanece en un estado de familiaridad con el entorno. Tengo mi propia teoría de que las miradas con otros también se quedan grabadas en los ojos, por eso cuando conocemos a alguien y nos resulta amistoso, caben infinitas probabilidades de que se hayan mirado en otra vida (quién sabe por cuanto tiempo).
Lo supe en el momento que nuestras miradas colisionaron - nos habíamos visto antes en alguna otra dimensión - fue prácticamente innegable que nuestras pupilas se habían quedado pegadas, a fuerza de voluntad propia. Entre los dos se creo un magnetismo inevitable. Y desde ese entonces sueño con poder descansar sobre su abismo ocular.
Luces azules. Alcohol. Música al palo. Bailar, bailar, bailar, reír mucho. Mi vaga visión se balancea sobre la multitud, inspeccionando quienes estan a mi alredor, y entonces, ahí esta de nuevo. Sostiene un vaso de cerveza, que a diferencia de los demás, en sus manos parece oro liquido. Me mira esta vez de manera invasiva, tanto, que debo esquivar el trayecto de su interes; pero no quiero ser cobarde, y lo vuelvo a mirar - una vez leí que si dos extraños se miraban ocho segundos de manera fija, se enamoraban - siete, seis, cinco, se esta acercando, nos seguimos mirando, tres, dos, me toma la mano, uno, me saca de mi grupo de amigas y yo lo sigo sin rodeos.
- No hago estas cosas con nadie, perdóname, pero no nos conocemos y necesito saber como te llamas.
Cada palabra que articulaba su lengua, me hacía observarle (de la manera más disimulada posible) sus labios redondos y rosaceos.
- Victoria.
Sonrió.
No hizo falta nada más. Nos enamoramos perdidamente, como dos almas que se vuelven a encontrar en su destino final.
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