domingo, 5 de julio de 2015
Lo sentencio culpable.
Siempre se había etiquetado en el papel de "un fiasco para las relaciones". Chica linda de corazón roto. No había manera de pegar los pequeños pedazos esparcidos en ella. Aún así, después de muchos años pudo reivindicarse, o por lo menos parecer un poco más sensible, pero a medida que corría el año, ya había fallado en relaciones prometedoras, porque eso era lo gracioso, todos sus respectivos candidatos eran buenos (unos más que otros).
A principio de año sale dos meses con un baterista, estudiante de ingeniería. Medio rollinga. Tranquilo. Muy inteligente por sobre todo. La relación parecía ir encaminada, pero ella estaba tan cansada de visitar plazas. En el fondo quería algo más. Pasaron dos meses y las cosas comenzaron a ponerse serias. El "vos y yo", era "nosotros", y digamos que el plural es algo aterrador cuando se es una rompe corazones. Así fue, que rondando febrero, decidió terminar con él. Una de las tantas excusas que le puso, era que había comenzado la universidad, y realmente se sentía atraída por aquellos hombres que observaba en el pasillo.
Hubo un culpable en esa decisión.
Luego del baterista, vino el skater, pero ese tiene un pequeño papel en la parte de la historia. Él, un año más chico. Al principio fue pura atracción física, pero luego volvían sus insatisfacciones. No quería un hombre que le pidiera cinco pesos porque le faltaba para pagar la cerveza. "Hombre", porque a pesar del año que difería entre ambos, una gran grieta se podía percibir a la hora que entablaban una conversación. Ella ya había entrado a la facultad, y él apenas terminaba el secundario. La razón de su detallada búsqueda en el hombre perfecto, no solo se basaba en estar maldita bajo el signo de Virgo, sino también en sus padres, quienes la criaron toda su infancia diciéndole que era maravillosa, por lo tanto, a la hora de buscar un par, se necesita que ese compañero llegue a las expectativas de lo que "adecuado", significa para sí.
Mientras el ciclo lectivo transcurría, apareció lo que para ella podría llegar a ser la definición de "compañero ideal". Unos cinco años más grande, sofisticado, ojos verdes, simpático. Habrán estado hablando un par de meses, hasta el momento que se vieron encontrados en un pequeño boliche de la ciudad. Era la noche, debía suceder. Por iniciativa propia se acerca, y lo besa (porque las niñas maravillosas tienen iniciativa propia). "Vamos a mi casa", fue lo único que pudo decir con claridad el Ruso. Esa noche se tomaron un taxi. Esa noche ella perdió su celular, la billetera, y todos sus documentos. Esa noche se besaron hasta el punto límite, del sillón de su casa. Y ahí vuelve el problema, ella no quería ser besada en un sillón, a escondidas de la madre de él. Sentía en ese momento que no estaba para esas cosas. Quería que un hombre la valorará de la manera en la que ella se sentía mujer.
Él nunca la volvió a llamar.
Transcurrió lentamente el año. La desilusión amorosa desemboco en un mal rendimiento facultativo. El incentivo nulo que sentía experimentar por todos los cambios bruscos, en los últimos meses, parecía afectarle más que a otras personas.
Había un viaje programado para despejar todos sus males. (Porque las niñas maravillosas aman viajar). La finalidad de dicha actividad, únicamente iba con el fin de conocerse más con una de sus allegadas amigas de la facultad, Camila. Sin embargo, a la hora de encontrarse en un momento de desventaja (darse por rendida con los hombres), conoce a Lucas. El momento donde sus vidas se encuentran, es en un micro subsidiado por el gobierno. Viajando a la capital de Buenos Aires. Fue amor. O más bien intriga. Todo sucedió tan rápido y natural, que en su momento no era extraño verlos pegados como figuritas.
Así es como entra un personaje importante en el año. Ella quería que alguien la tratará como creía merecerse, que le dijeran lo fabulosa que era, lo inteligente y carismática que podía llegar a ser. Lo hermosa que era aún sin maquillarse. Una sarta de datos que ya sabía, pero que era necesario recibir halagos por parte masculina, para alimentar su frágil ego de porcelana.
Pero a pesar de todo eso, seguía incompleta. No salían nunca a lugares distintos, y parecía que solo en el viaje, se habían divertido.
Pero hubo un culpable en su decisión.
El culpable en la decisión de cortarle a todos, tenía nombre y apellido, pero solo eso era información accesible para ella. Lo había visto caminar por los pasillos pero nunca habían entablado una charla amistosa. O si, en realidad solo una vez, pero no cuenta realmente. El culpable de cabello rubio y sonrisa perlada, no sabía que tan catastrófica podía llegar a ser para aquella confundida chica, el encontrarse insatisfecha en una relación, deseándolo a él. Utópico y enigmático.
Un día cualquiera, se sube al micro rutinariamente para ir a la facultad. Ese día rinde su primera materia libre, esta nerviosa. Antes de subirse se fuma un Virginia, y sube demasiado relajada. Pasa la tarjeta por el lector, y mira para saber si hay algún asiento disponible, y entonces lo ve. Esta al fondo, y a pesar de que el transporte público se encuentra lleno de personas, el resalta completamente en la multitud. Sus miradas colisionan, y un burbujeo de éxtasis recorre sus pupilas.
Eso fue todo. Basto una mirada de un extraño, para cuestionarse todo lo que estaba viviendo con Lucas. Bastaron fugaces tropiezos continuos entre ellos dos. Cruzarse una y otra vez luego de ese día. Soñar con sus labios rosáceos y redondos. Soñar con su sonrisa. Soñar con tenerse en redes sociales para poder chusmearse. Soñar que él la invita a salir, la pasará a buscar. Soñar con que besa mejor de lo que se ve. Soñar con que hace el amor mejor de lo que parece. Soñar con que por fin alguien podrá reparar sus añicos. Soñar (y confirmar luego) de que el sí era el amor de su vida.
Entonces el culpable siempre había sido él. Solo que ellos no lo sabían. El no sabía que tarde o temprano su vida se vería topada con la de ella, y ella no sabía que él la deseaba con el mismo fervor indescriptible e irracional. Magnetismo cósmico.
Haberse equivocado tantas veces en el año, fue una bendición, una preparación para lo que vendría. El saber que para conocer a alguien se requiere más de un mes, el entender que estaba todo en la paciencia, pero también en la diversión. El hecho de que nunca haya pasado nada más allá de lo sexual con Lucas, era una señal de que debía esperar... al indicado. Y el había llegado hace tiempo, solo que no tuvieron el placer de presentarse, hasta ese día que fumaron un cigarrillo juntos.
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