miércoles, 1 de abril de 2015
Lolla
Me encontraba en una ciudad totalmente diferente a la mía (o más bien a la que adopte como mía). Las personas se encontraban despreocupadas, sin disfraces, naturalmente locas y llamativas, a veces hasta de ojos inquietos y expectantes. Uno en ese momento siente que es un pez de otro estanque, como dicen, como si de repente te hubieses equivocado de marea; sin embargo en el fondo, mi alma vibraba y me decia que no tuviera miedo. Yo siempre supe que ese era mi lugar.
Se abre la multitud, luego de haber marcado el pase de entrada. Amarillo, lila, naranja, verde, colores y colores tiñen la infinidad del hipódromo. Pasto perfectamente alineado en toda su extensión.
>>Por alguna extraña razón el ingreso hace que te olvides de todo lo que venía maquinando tu cabeza antes de acceder a aquella realidad paralela; porque eso es lo que es, un colador de preocupaciones, una anestesia a la cabeza, un ibuprofeno músical.
Las piernas en su momento son de hierro, el frio se disipa ante el pogueo, y la voz, la voz es infinita e indestructible, sale de los pulmones con la fuerza del aleteo de un halcón, y se escapa en un grito, fundiendo tus pies en el aire, bailando sin percibir el tiempo, siendo un poco más joven de lo normal, un poco más vos. De esa clase de vos que no dejas que la gente vea, o que por alguna razón vos mismo no te atreves a mirar.
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