lunes, 13 de abril de 2015

Anita



   Hay episodios en mi vida que prácticamente se encuentran en blanco. En el lapso de los 14-16 años, una niebla coexiste con mis recuerdos, sin embargo, hay algo de lo que nunca quise hablar o asumir. Algo que hasta hace poco había enterrado en mí. Una evasión psicológica a un aspecto traumatico de mi vida. Crecer con las consecutivas frases de: "Que alta, deberías ser modelo" "Que linda" "Cuanta presencia", entre otras, me hicieron comerme el cuento de que en verdad podría ser una modelo, una de pasarela, sofisticada y esbelta. Deseada por los hombres y envidiada por las mujeres.
Era tanto mi deseo, que aprovechando las cualidades para escribir que siempre desarrolle a lo largo de mis años, participé de un concurso en una muy reconocida revista Teen, y para mi sorpresa, gané. Un book de fotos con tres cambios de ropa (los cuales ellos no incluían), con una reconocida fotógrafa en Palermo Soho (que hasta hoy en día es mi lugar preferido en Buenos aires). Tenía 14 años, nadie me advirtió que podía enamorarme del frívolo lente que reflejaba mi inocua belleza en ese entonces.
     Me había encantado la idea de vivir a través de mi aspecto físico, me había encandilado como una luciérnaga frente a un foco (ese que tarde o temprano se quema y te mata). Volví de Buenos Aires con la meta fija de convertirme en una reconocida modelo joven, y tan obstinada soy (bendición y maldición) que conseguí que una reconocida empresa me abriera las puertas para probar suerte en un casting.
Llegue con apenas mis catorce primaveras, y salí avergonzada de allí. Era la más chica, no tenia tacos aguja sino que había ido con unas plataformas de madera y cuero que hoy en día detesto, y además de eso, todas se reían de mi manera de caminar.

  - Que carita tenes - Me dijo la mujer que luego se convertiría en mi mentora.

A pesar de aquel fallido casting, quedé. Todos los martes a las 18:00 hs debía concurrir a un gimnasio. Con mi mejor ropa y todas las fuerzas posibles para tratar de no quebrarme emocionalmente ante las reiteradas críticas hacía mi cuerpo. Sí bien soy alta, siempre tuve caderas anchas y muslos grandes. Ese era mi "error", y digo error porque era lo que me faltaba para serles perfecta, para ser un material digno de gráfica y pasarela.
      Recuerdo estar "caminando", por que eso eran, clases de caminado, en donde te encerraban dos horas y tal vez en algún momento salias a alguna pasarela (eso nunca me paso a mi). Mirta (la cual no recuerdo si es su nombre), me tiraba del pelo mientras trataba de desfilar lo más preciso posible. Espalda recta. Mirada soberbia. Cara neutra. Brazos que bailan con delicadeza, y pisadas agraciadas, pretendiendo que flotabas, y entre todas esas pautas mentales, estaba el enano de un metro cincuenta que me agarraba del pelo para que yo no agachara la cabeza. En ese momento lo aceptaba, pero luego comprendí que era violencia, y ese no fue el único hecho que dejo en descubierto su manera de tratar a indefensas soñadoras de lo hermoso. Por que eso fuí, una soñadora de un mundo que desconocía pero que por dentro era tan tóxico como el veneno para ratas.
     A todo esto, un día una esquelética chica de 16 años pidió hablar con la jefa manda más. Le dijo que su doctor le había dicho que estaba demasiado flaca, que necesitaba aumentar de peso para estar saludable. La cara de la mujer se desfiguro.

      - Si vos engordas a mi no me vas a servir - Palabras textuales - Vos, vení (llama a un hombre) ¿te parece que ella esta flaca? ¿te parece que necesita engordar?

      Obviamente aquel modelo estaba sano, tenía su cuerpo torneado y esbelto, porque la belleza que las agencias de modelos buscan en los hombres, es un poco más accesible y realizable, a diferente del standar que nos imponen a las mujeres, hoy en día, en el siglo XXI, cuando la reconocida Anorexia es la principal enemiga de las adolescentes aspirantes a las pasarelas.
No esta demás decir que la belleza que ellos buscaban no estaba en mí, que yo siempre tuve el cuerpo diferente a las Argentinas (porque la mitad de mi familia es de Brasil), y que llegar a las expectativas que ellos pedían, era algo difícil para mí. Aún así exprimí todas mis ideas, hasta que que la más obvia y mortífera apareció en mi cabeza.
>> Iba al gimnasio 5 veces a la semana, dos horas. Además de eso salía a caminar una hora todos los días. Comía turrones (porque sabía que tenían menos calorías). Y tenía en cuenta que una oreo entera tiene 70 calorías, por lo tanto la partía, y saciaba mi hambre con eso. Hacía dieta, y antes de comer siempre tomaba un caldo, y si era posible y creíble, decía que tenía ganas de tomar sopa en la noche ,que me quería cuidar; y ahí estaba el error, nadie me cuidó a mí, nadie vio que me estaba enfermando, ni yo misma pude. Ni mis propios padres. Ni los diez kilos de diferencia que en ese entonces tenía. Ni mi propia baja autoestima y el constante mal humor en no poder comerme un pedacito de chocolate. Me estaba muriendo. Me estaban matando.

>> 13 de septiembre de 2011.

El día de mi primer casting importante para un gran desfile. Ese día las constelaciones me estaban enviando un mensaje. Era martes 13. Yo soy muy supersticiosa, así que de por sí estaba acompañada de la imaginaria mala suerte que creía tener. El micro me dejo muy lejos del gimnasio, llegue tarde, transpirada, nerviosa. Y lo ví. Estaba al final de la gran recta. Sentado con una sonrisa similar al gato de Alicia en el País de las Maravillas. Era mi turno, mi oportunidad. Estaba estrenando mis quince años, y sentía que tal vez como regalo, la vida me iba a dar eso que yo tanto anhelaba.
>> Desfilé para él, con mi mejor sonrisa. Llevaba un vestido al cuerpo, corto, de lentejuelas azules. Tenía en ese entonces el pelo negro y largo. Estaba pálida, porque esa es una de las características de las personas con principios de Anorexia. Y ahí estaba, desfilando para la parca. Mostrándole todo el sacrificio que había hecho para ese gran día.

          - Sos muy linda... pero esto - y tomó mi cadera entre sus manos.

        No hizo falta que terminara la oración, y si lo hizo yo no escuche o no recuerdo lo que siguió, porque todos los meses de sacrificio y hambruna, se habían desmoronado ante la crítica cruel de aquel vividor de almas y sueños.
        Tal vez la moraleja de esta historia era mostrarme que para los grandes sueños existen los grandes riesgos. Que a veces no todo lo que no se obtiene es una maldición, sino tal vez una bendición, quien sabe en donde estaría hoy si él me hubiese tomado para ese desfile. Quién sabe si seguiría viva para contarlo. Ni yo lo sé. Lo único que sé es que me salí de aquel mundo, y no quise volver más; aún así, recupere todos los kilos que perdí y comencé a disfrutar de la comida otra vez (también a raíz de la sacudida que una amiga me hizo). Volví a ser feliz, normal. Pero a veces...solo a veces, cuento las calorías al comer.
   

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