miércoles, 1 de abril de 2015

Vovo



  Una vez en verano, encontré un artefacto medio moderno donde se exhibían las frutas (a mi abuela siempre le gusto tener lo último en la cocina). Era una especie de torre, donde la atravesaba un cilindro, el cual sostenía cada piso de esa cosa sin nombre.
>> No había abundancia de frutas como solía ser el caso en la casa de los gran "E",  sin embargo una pequeña manzana roja, que alguien no se atrevió a comer para no dejar vacío aquel blanco mostrador, se encontraba solitaria, expuesta en un lugar incomodo para ella. Es decir, tal vez aquella manzana se merecía ser la reina del frívolo pedestal frutal, tal vez estaba ahí por alguna razón, para ser descubierta, para que le otorgaran de una vez por todas su lugar... y así fue: eso hice. Coloque su cuerpo sobre la punta de esté decorador, y la deje ahí, suspendida únicamente por su misma fuerza. Al igual que una estrella en un árbol de navidad.
>> Mi abuela observo el hecho y comenzó a reír. De esas risas que te miran a los ojos y repiquetean sobre las paredes del alma. La complicidad que hay entre nosotras es palpable, a tal punto de que llegue a sentir en reiteradas ocaciones aquellos dolores que ella padecía.

         - Cuando te reís seguís siendo una nena de cinco años. Nunca pierdas eso. Nunca pierdas la esencia. - Me dijo con su melodiosa voz.

       Y yo la amé, la amé como el principito a su rosa. La amé como el aviador al principito. La amé e hice de ese momento un recuerdo memorable, seleccionado en la parte de "cosas bellas para sonreír", en la sección cabeza parte 1.

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