miércoles, 1 de abril de 2015

Diadema espacial



  Un pasillo teñido de pulcritud te lleva hasta el asiento indicado. Todos vamos para el mismo lugar. Encontras tu ubicación (justo al lado de la ventana), y te sentas, tranquilamente porque lo hiciste un millón de veces. La rutina de los aviones es siempre la misma, esperar a que todos estén en su lugar, luego las azafatas te repiten una y otra vez lo que debemos hacer a la hora de una gran tragedia, salvavidas, mascaras de oxigeno, etc etc; y cuando todo esta en su debido lugar un silencio recorre los recovecos de la gran habitación alargada. Sentarse con un extraño no incomoda tanto a diferencia de los micros.
   Sabes que va a ascender en el momento que un electrizante sonido irrumpe la calma, el motor del avión se acciona y esté comienza a avanzar cada vez más rápido. La columna vertebral se pega al asiento y un cosquilleo en el estomago recorre el interior de tu cuerpo. Y cerras los ojos por un momento, hasta que te encontras con un mar de nubes perlado, teñido bajo sedas rosas del sol, sintiéndote una golondrina, observando como la ciudad desde arriba esta compuesta de pequeños cuadrados, y estos mismos se difuminan a medida de que el avión toma altura.
   Un libro, un café, música y una ventanilla que evade la realidad. Quisiera decir que la felicidad no se compra, pero para mí esas pequeñas cosas requieren grandes cantidades de dinero. Aún así puedo concordar con el hecho de que hay personas en el mundo que tienen todo eso, diariamente, y no aprecian con suficiente gratitud la suerte de ser afortunado. Así que tal vez la felicidad, en una mínima expresión de números, sea sí, gratis y optativa. O eso me gustaría creer.

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