Muchas veces me encontré sorprendida al notar que había naturalizado en mí un cierto prejuicio personal que antes no poseía; es decir, el mudarme a una ciudad tan conservadora me afecto en el modo de pensar. Recurrentemente una pregunta resonaba en mi cabeza: ¿qué dirán?
¿Qué dirán de la ropa que llevo puesta? ¿Es demasiado extravagante? ¿Me veo bien con estos pantalones que aún no están de moda? ¿Soy una ridícula por querer seguir usando cosas que me gustaron de la temporada pasada?... y todas las respuestas volvían al inicio: ¿qué dirán? ¿Será que esa duda nunca cesaba?
A lo largo de los años fui desarrollando una manera propia de moverme entre la masa, sin sobresalir, sin molestar, sin embargo este esfuerzo constante en querer encajar en algo que no soy, me hacía convertirme en un ser que nunca desee. Plástico, reluciente pedazo de silicona amoldada a los deseos de la masa.
>>Si quiero salir con una manzana en la cabeza ¿por qué me privo? Por el que dirán de gente que no me conoce? De gente que me ve una o dos veces en su vida y por no cumplir con las normas sociales impuestas, ya soy una transgresora? La respuesta es sí. Porque el adolescente recurre únicamente a la aprobación ajena, y no personal. El querer encajar entre personas efímeras, no solo te convierte en un ser frívolo y vacío, sino también en una copia constante del estereotipo impuesto por las industrias, impuesto por las propias personas de la ciudad, por sus reglas silenciosas, por ese tipo de miradas que te lo dicen todo… y al mismo, nunca te gritan nada.
Comprendí luego de una catarsis interna, que el “que dirán” ajeno, era poco y nada para mí. Que para sentirme libre de ellos, tenía que ser libre de mí misma primero, por eso, empecé a desligarme lentamente de las imposiciones sociales que había arraigado paulatinamente a lo largo de los años. Deslindarse en cuerpo y alma de comentarios que a la larga no nos llevan a ningún lugar. Vaciar el alma de estándares y de deseos, tratar de abandonar en cierto modo todo eso que adquirimos por miedo a ser diferentes. Comenzar a buscar el propio yo a través de uno mismo, y no de los demás. Entender que para brillar, el único camino empieza con el pie izquierdo (porque desconocemos esa costumbre) y la aceptación del alma desnuda en todos sus placeres.
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