lunes, 28 de abril de 2014
Amor propio
Siempre fue una desafortunada en el tema amoroso, porque no importaba que tan bien salieran las cosas al principio, sino que el final era lo trágico, porque ahí estaba, yacida en el suelo con los ojos perdidos al vació, preguntándose porque las cosas no le salían bien.
Desde la última vez que beso unos labios familiares decidió que no volvería a sufrir más, que era momento de enamorarse locamente de alguien, algún ser humano que la quisiera con devoción cinéfila y atolondrada. El amor no se busca, es verdad, así que esta vez solo se amaba a ella misma y por entonces eso funcionaba, realmente hacía todo para ella sin pasarse del límite de ser egoísta o egocéntrica. Estudiaba teatro los lunes, bailaba hip hop tres días a la semana, tomaba clases de canto y participaba de un taller de cine. Por primera vez se sentía plena, o más bien, hacía mucho que no experimentaba ese sentimiento de libertad abrazador. Entendió que primero hay que amarse y descubrirse. Era demasiado joven todavía.
Las cosas salían muy bien, como si el universo complotara a su favor, le había salido un proyecto que había quedado estancado por vaya a saber que razones (actuaría como principal en una telenovela), se sentía bien con su cuerpo, podía sostener un buen registro de notas, había alcanzado su plenitud vocal con notas realmente difíciles, se encontraba bella, realmente bella.
¿Y todo esto, por qué? ¿Por amarse a sí misma? Debo admitir que sí, porque esta fue una de las enseñanzas de nuestra amada Marilyn Monroe... y hoy ella la estaba implementando. Viviendo a pleno su último año de adolescencia.
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