martes, 15 de abril de 2014

Azul de aquellos días


   No soy gris, soy azul, azul oscuro, como el cielo en la noche, no azul Francia ni océano, azul tristeza, de esos que se te impregnan al alma.
   Me miro al espejo (Sonreí, *me  obligo a mí misma* no puedo, porque lo que antes era una sonrisa hoy es un piano desafinado, una mueca sin forma, sin música). Maquillo mi tristeza (antes muerta que sencilla) y salgo al rumbo de mi rutinaria vida.
   Subo al micro. Pago el boleto. Me siento. Observo por la ventana a las personas pasar, sus caras de felicidad, indiferencia, enojo y hasta aburrimiento; me hacen pensar que el mundo no va a parar a consolarme, porque el mundo gira, tan redondo y rápido como las lágrimas que resbalan por mis mejillas.
Rompo en llanto, pero tapo mi boca por miedo a que algún grito desesperado se escape. Me duele tanto la realidad, pero más me duele no poder remediarla, no poder ayudar al destino, no poder ayudarme a mí.
    Soy invisible, un alma divagando por el limbo, ¿Cuantas veces me sentí así? perdí la cuenta. El sentimiento de angustia me ahoga, me llena los pulmones de vicioso rencor, me limita. Tengo la mirada cansada, roja. Hay algo que arde, y es mi alma; una nebulosa de sensaciones absorbiendo poco a poco todas mis energías. Y al momento de seguir, mis sentidos ceden y me dejo llevar por la fría indiferencia de la vida.
    Cuando se toca fondo, se reposa, se toma impulso, y se vuelve a subir. Es así que la tristeza se convierte en destellos de esperanza, iluminando nuestras retinas, sanando las heridas; volviendo a estar bien, al principio de circulo vicioso, el cual nunca se cansa de jugar con nosotros...

                                                                                  ...Continuará, como siempre.

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