domingo, 20 de abril de 2014
Bitácora Neoyorquina
Nunca creyó que ese momento iba a llegar pero ahí estaba, pisando el pavimento de sus sueños, iluminada por las grandes luces de anuncios gigantescos, con el calor de la primavera nocturna acariciando sus rodillas. Lo soñó tantas veces, y al mismo tiempo se deprimió por no tenerlo, pero ahí estaba, la inmensidad de Nueva York frente a sus ojos porcelanados, los cuales no podían dejar de llorar .
El poder de soñar hoy era realidad, porque se había despertado con la vista del Empire State frente a su nariz, feliz de poder vivir para ver algo tan hermoso y simétrico. 1000 verdes dolares se acomodaban en su vieja billetera, fruto de trabajo, regalos y un poco de suerte, 1000 oportunidades de llevarse algún recuerdo de aquella bella ciudad.
Lloraba todo el tiempo, con los musicales, con las ofertas de outlets, lloro cuando escucho cantar a su artista preferido a 5 metros de ella, y lloro mucho más cuando comía una grasosa hamburguesa en Soho, pero por sobre todo reía, mucho, muchísimo, porque era muy feliz y nada en el mundo podía robarle esa felicidad tan atesorada que anhelo por años.
El verde del central park y la estatua de la libertad se habían apegado a su alma, al igual que todos los edificios altos, puntiagudos, negros y dorados. Amaba esa ciudad, y cada lugar que había en ella. Amaba tomar café caminando por la quinta avenida, comiendo un pretzel del tamaño de su rostro, corriendo porque llegaba tarde al city tour (aquel que había encontrado en descuento). Sonriendo una y otra vez a la cámara fotográfica que retrataba su amor por el mundo, su amor por conocer la ciudad que tanto iba a amar por el resto de su vida, que iba a visitar por el resto de su vida cuando tuviese tiempo, que iría a conocer siempre ya que volvía, años tras año, con los ojos lagrimosos como la primera vez que se subió al avión, en donde aquel tomo impulso, se elevo e hizo que su corazón se estrujara contra sus pulmones, por puro éxtasis y emoción.
Entonces se tatuó para no olvidarse más de lo mucho que amaba viajar, y volvió con la frente en alto, llena de regalos y recuerdos, bendecida por el universo que otra vez le sonreía. Está vez ella agradecida a Dios por haberle devuelto todo lo que sufrió, en millones de alegrías acumuladas.
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