sábado, 20 de diciembre de 2014
Insomnio número cien.
Siempre deteste que mi padre se quedara hasta altas horas de la madrugada, mirando la luminosa pantalla de su ordenador. Me molestaba que no durmiera. Sabía que hacía años su problema para descansar se había tornado una especie de rutina, y sabía que las épocas en las no dormía se debían a sus preocupaciones interminables por la perdida de trabajo que experimentaba. Un hombre inteligente, quién a lo largo de la vida tuvo que trabajar para sobrevivir, y no trabajar para vivir ¿me explico?. Ante mis ojos siempre estuvo la frágil imagen del insomnio inducido por sostener un estilo de vida, o más bien por sostener el estilo de vida de toda tu familia, de darles a los integrantes de tu unidad una forma de vida digna, se podría decir que hasta con algunos lujos.
>> Son las cuatro y cuarto AM. A mi izquierda un frasco de mermelada de frutilla acompañado de tostadas, decidí desayunar porque sabía que no me iba a levantar temprano después de haber alternado mi horario para dormir. Tengo los ojos cansados, pero mi cerebro no me deja en paz. Insomnio del malo, del aterrador, de ese mismo que te carcome las neuronas con constantes preguntas sobre el futuro. Gran problema, mi adicción a la curiosidad.
Previamente había experimentado una sensación que creí no volver a degustar. El anonimato. Me encontraba en el ojo del huracán. El corazón de esta esencia, el que le da impulso a "eso que vas a ser", ese del cual nos inculcan desde pequeños elegir una carrera en la vida, para aprender todo lo posible de ello, y salir al mundo; siendo un poco menos ignorante, pero con todas las incertidumbres posibles. Y de nuevo, me encontraba en un mar de gente que no conocía, sabiendo que por fín toda mi etapa de amoldamiento se había finalizado. Me gustaría decir que no tengo miedo, pero realmente estoy aterrorizada.
>> Tengo terror, pánico. El último día de confrontación vocacional, llegue a mi casa luego de un largo día (también agregado el desaprobar matemática de la secundaria) y me tendí en la cama sin más ganas de nada, como esos días donde vivir se hace de manera motorizada, impulsados por la rutina. Cerré los ojos y comencé a temblar, la fiebre se apodero de mi cuerpo, y de repente todo esté estaba hirviendo como una pava, alucinando al cerrar los ojos con destellos plateados de energía.
"Siempre que empezas algo nuevo, te enfermas" - añadió mi madre al otro día.
¿Cómo siendo una encontraré a ese uno, que me haga sentir nuevamente un uno? En estas instancias me siento un cuarto, y las pequeñas personas que conforman mi vida me hacen sentir más yo, pero ahora... ¿como sentirme "más yo" con personas que no conozco?. El temor de fallar a la hora de elegir amigos se vuelve visible, como si ahora tuviera que ser más cautelosa porque las personas lograron desarrollar la elección de amigos a la hora de crecer. Antes no era así, antes te hacías amigo de alguien porque sabías que era lo correcto, no evaluabas el hecho, no pensabas si era un buen partido o no, solo te conectabas... ahora resulta tan lejano conectarse de inmediato con los seres humanos que nos convertimos.
Un sinfín de temores ante lo desconocido me descosen los sentidos, y no debería ser así para alguien que al mirar atrás solo ve constantes cambios de instituciones y ciudades. Sin raíces, sin un reflejo fijo a una sociedad. El constante sin sabor de sentir no pertenecer a ningún lugar. Pero miro nuevamente al pasado y recuerdo como me sentí parte de todo (sintiéndome parte de nada), como me sorprendí al darme cuenta que tenía un grupo maravilloso de amigas cuando mucho tiempo lloré por sentir que no era así. Como logre adaptarme a los diferentes circunstancias y ambientes que el destino me ofrecía (o yo escogía).
Conozco bien el insomnio, sé que se manifiesta cuando algo rebota por las paredes de nuestro fuero interno. Sé que aparece cuando no podemos omitir que "aquello" capta nuestra atención por completo, sea de manera negativa como positiva. Sé que está a la hora de debatir guerras personales con uno mismo. Sé que está cuando la realidad es demasiado pequeña para los grandes soñadores. Entonces reflexiono y digo... si uno realmente puede decidir que clase de insomnio quiere padecer: Yo quiero del bueno.
Quiero ese insomnio que te hace sonreír con un mensaje de texto. Quiero el insomnio de fiesta con amigos. Quiero el insomnio de una buena película. Quiero el insomnio de la incertidumbre de lo nuevo, lo bueno. Quiero el insomnio de la sorpresa. Quiero el insomnio de un viaje previo. Quiero el insomnio de un beso esperado. Quiero el insomnio de todo lo bueno que me hace dormir, porque cuando uno duerme las penas se alivian, y el espíritu se renueva... entonces ¿por qué dormir cuando se puede trasnochar disfrutando lo bueno de la vida?
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