domingo, 7 de diciembre de 2014

Señor Universo

Querido Universo:

   Estoy sola, tomando maté. Trato de estudiar matemática, pero fracaso en el intento. El estar haciendo otra cosa que no implique razonar números y letras, se vuelve tentador (y así es como termino en el ordenador escribiendo para despejar un poco las x's de mi mente). Entiendo totalmente porque nunca me llamó la atención otra cosa que no se viera relacionada con el arte. Sí bien las ecuaciones tienen un tipo de magia escondida, no hay comparación a la hora de sentir como vibra tu alma con una canción o una película. Así de simple. Me enamore perdidamente del arte.
   A la edad de cuatro años mi abuela me llevo a asistir a una pieza de ballet, acompañada de mi madre. No recuerdo con exactitud todo, pero sí una hermosa puesta en escena, donde las bailarinas revoloteaban sus piernas, mientras todos los colores del vestuario se mimetizaban a la perfección con mis pequeñas pupilas; y salí extasiada de ahí, sintiendo que algo en mi ser se había accionado por completo.
   Luego, a los cinco años mí tío me llevo a ver al cine todas las películas estreno de Disney, y en parte se convirtió en una gran influencia al desarrollar mi personalidad. Mi padrino del arte, como me gusta llamarlo. Me sentaba en sus piernas porque no llegaba al alto de la mesa, y acompañando a mi mano, me enseñaba a dibujar, cómplice de un crayón, sin siquiera saber leer y escribir. Así fue como un gran amante llego a mi vida. No hacía más que dibujar infinidades de figuras sin sentido (comprendiendo que en mi cabeza eran creaciones increíbles). Hojas y hojas llenas de bocetos y colores. Dibujos apilados por años en cajas que mi madre guardaba como lingotes de oro.
     Mi padre, cinéfilo y lector empedernido, transmitió hacía mi persona el cariño a esas dos artes que tanto adoraba.
    En el medio de los seis años, llegando a los siete, yo me encontraba en primer año de la primaria. Era todo maravilloso, aprender a escribir y leer se había tornado una necesidad urgente para mi pequeña personalidad, como si de alguna manera supiera a que estaba destinada.
>> Buscaban voces para el coro de la institución. Recuerdo como un profesor interrumpió la clase preguntando si podía hacernos una audición. Yo apenas sabía unas pocas canciones pero accedí a cantar "Manuelita". Así fue como quede seleccionada, cantando con niños mayores, y abandonándolo previamente porque parecía demasiado serio para mi edad; en ese momento solo quería pasar tiempo con mis amigas.
    A los ocho me mude de provincia, una vida agitada para una niña de mundo. Conocí a mis amigas de la infancia jugando a la mancha, mejor llamado "pilladita", en San Juan. Tuve los mejores años de mi vida. Imaginábamos que eramos espías, y recorríamos el colegio (que en ese entonces parecía enorme).
>> Mi grupo conformado por 6 niñas, incluyéndome, estaba desbordado de arte. Fue así como aprehendí con dos de mis mejores amigas, a amar la lectura. Pasábamos infinidades de recreos en la biblioteca, dibujando y leyendo, como si de alguna manera quisiéramos resguardarnos del tiempo. Por segunda vez me apadrinaron, y conocí el amor a escribir. Sabrina, quién ese entonces era una niña introvertida e inteligente, me transmitió de manera muy pasional su hobbie: Escribir cuentos.
>>No cabe duda de que descubrí por completo un mundo totalmente nuevo. Como las palabras e ideas podían conformar otra realidad. Como los sueños podían plasmarse en papel y parecer reales. Como sentía con fervor cada cosa que describía, cada utopía que imaginaba.
>>Tuve otro amor de pequeña, otra influencia, otra madrina. Martina, quién además de dibujar y compartir mi amor por las hadas, se había convertido en mi socia a la hora de soñar. Tardes infinitas con las manos manchadas de acrílico, hojas y lapices desparramados por los suelos. Recortes de revistas, pegados para luego conertirse en parte de artículos nuestros. Ese es un gran recuerdo clave a la hora de descubrir porque se me paso por la mente convertirme en periodista. Porque además de dedicarme al arte, me apasionaba secretamente lo desconocido, consumida por la fantasía de descubrir cosas maravillosas a la hora de investigar.
     Pasando a otro capítulo de mi vida. Descubrí el amor por la actuación a los once años. Comedia musical para ser más precisa, eso fue suficiente para sembrar en mí, raíces firmes a la hora de pisar un escenario, de ser iluminada por las luces, de sentirme una con lo que interpretaba, de tomarle cariño a ese personaje que fingía ser. Un sinfín de emociones recorrían mi cuerpo la primera vez que me presente (actuando como maléfica), todos reían con mi personaje y me observaban como una especie de heroína. El majestuoso telón bordo enmarcaba lo que sería por siempre uno de mis recuerdos favoritos.
    Pasaron los años y volví a mudarme de provincia, esta vez abandonando por completo la ciudad del arte. Mendoza era mi nuevo destino. ¿Qué actividad había aquí que saciara por completo mi falta de escenario?. Pase años alejada de todo eso que me hacía bien, de todo lo que me relajaba por completo y me hacía ser un poco más yo.
>> Conocí a los catorce años, mi segunda mejor amiga en la provincia; quién compartió conmigo lo que era poder expresarse a través del canto, de manera menos estructurada a diferencia de participar en un coro. Así fue como comencé a asistir a clases particulares, a perfeccionarme, a usar eso como forma de Catarsis los sentimientos ocultos; porque cada vez que me sentía mal sabía que si cantaba las penas se desvanecían. Trate de aprender a tocar el piano y la guitarra sin sacar mucho provecho del asunto. Me quedó el alma grabada a fuego, después de tanto tiempo me había reencontrado conmigo misma, y supe en ese entonces que en alguna vida pasada yo había sido una Golondrina; porque sabía cantar y volaba sin rumbo a diferentes lugares, siempre acompañada con la expectativa de conocer nuevos horizontes.
        Me obsesionaba con fervor y efusión pertenecer al mundo artístico; tanto, que había sufrido el NO rotundo de mi canal preferido de la infancia (16 años. Nunca tuve suficiente inteligencia emocional. Menos en ese entonces que sentía tener un pie adentro de mi fantasía), a la hora de audicionar para un protagonico, el cual nunca fue lanzado al aire (mantendré el nombre de la empresa en anonimato); además de haber sido rechazada cuando intente ser modelo ("Mira esa carita, lastima las caderas" - eso fue todo lo que se necesite para abandonar esa toxicidad que me carcomía el hambre. 14 años). Aún así deje reposar mi sueño de ser una artísta reconocida, en lo profundo de mi ser, muy escondido, pero vivo, y con más ganas de resucitar que nunca.
>> No hay más nada que agregar, a la edad de diecisiete decidí animarme a bailar (y adentrarme por completo en la cultura Hip Hop). A probar eso que por tantos años había quedado pendiente. Era indiscutible que mis ansías por conocer cada recoveco relacionado al arte, se volvían cada vez más agudas.
    Y despacito, todos a mi alrededor me hacían conocer más y más eso que tanto me interesaba, y me dejaba tendida soñando despierta, con poder cumplir de una vez por todas mi deseo de ser lo que de verdad anhelo en esta vida. Pero aquí estoy, una utópica idealista, que no hace más que esperar a que el universo le conceda el deseo que pide cada noche al cerrar los ojos. Igualmente, sigo despejando las x's, y espero que pronto, el destino gire en torno a mi petición.


                                                                  - Con amor, una soñadora.

No hay comentarios:

Publicar un comentario