domingo, 21 de diciembre de 2014

Menta II


   Estamos sentados a las afueras de la facultad, bajo un pino, esté tiñéndose de amarillo mostaza, el cielo encapotado de nubes, la brisa con olor a libertad acariciando nuestras narices, todo es tan simple y perfecto a la vez. Él tan verde menta, yo tan rojo Carmín. Nosotros tan carmesí. Me gusta como se pone el charuto en la boca, me gusta como se ve cuando fuma, me encanta ver como se concentra en la sensación, y me deja ahí, observándolo anonada al comprender cuanta belleza hay en tan solo unas pitadas. Me lo pasa, y nuestros dedos se rozan, un mínimo contacto es suficiente para accionar el fuego de esas pequeñas chispas que brotan cuando nos tocábamos accidentalmente.
    Tenía las manos heladas, así que extendí las mangas de mi sweater para compensar la falta de calor. El lo notó. Sonrío y arropo sus manos con las mías. De repente sonreí y no pude evitar pensar lo mucho que me gusta, al mismo tiempo consumida por la incertidumbre de saber si el sentimiento era reciproco.

        - Perdoname.
        - ¿Por qué? - Pregunte confundida.
        - Por esto...
   
      Suelta mis frías manos y por un instante creí que se refería a que me había arrebatado por completo el calor, que se disculpaba por eso únicamente, sin embargo, se acerca a mi rostro en una fracción de segundo, y con su mano hirviendo me roza la mejilla. Eso fue todo, nos enamoramos perdidamente. Sentía como todo el cuerpo volvía a funcionar, el gusto a cereza de su boca (no sé si por él o por mi bálsamo), su respiración entre cortada, sus labios grandes y redondos, encajando a la perfección con los míos, pero no como en otras ocasiones cuando creía afirmar que los besos con otras personas eran sumamente especiales; esté definitivamente había sido el mejor beso de mi vida, y sin comprender por que, lo abrace, lo rodee muy suavemente hasta sentirlo mío, y me fundí en la fantasía de que eramos eternos, y que quería permanecer pegada a sus labios por el resto de mis días.
      Me hacía sentir plena, amada... realmente me amaba y en la medida justa, siendo libre yo de él, siendo él libre de mí, cada uno con sus gustos y pasiones, pero a fin de cuentas juntos, llenando esos vacíos del otro, recompensandonos en las infinidades de la piel. Porque cuando estaba con él nada podía herirme, porque en sus brazos el tiempo era obsoleto, y al sentir su dulce perfume me bastaba todo el día para recordarlo. Completamente enamorada... de ese chico ojos color menta y corazón de oro.

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